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MARZO 2020

Suele ocurrir que los cambios de gobierno provoquen un bache en algunos procesos burocráticos que ponen en dificultades la prestación de ciertos servicios.

Nuestra cultura política no contempla la permanencia de una burocracia estable, profesionalizada, y por tanto independiente de la identidad partidaria.

Dicho de otra manera, hasta funcionarios de mediano rango están expuestos a los cambios políticos, con lo cual cada nueva gestión requiere de un tiempo de aclimatación, mayor de lo deseable.

Pero además, los gobiernos generan acciones que prácticamente nunca se convierten en políticas de Estado, esto es el desarrollo de planes estratégicos sustentables con independencia del color político del gobierno de turno.

Sin duda un déficit de la democracia Argentina, que le suma incertidumbre a un país de por sí inestable.

A nadie escapa que toda gestión política requiere de ejecutores que la canalicen en orden a la orientación del gobierno, no obstante debería trazarse el nivel de funcionarios a partir del cual la función es de una especificidad técnica que no admite la condición de “política”. Si ello fuera además para conducir Políticas de Estado, todo sería bastante más ágil y seguramente más eficiente.

Seguramente ganaría prestigio la política y la impronta partidaria, lejos de diluirse, se beneficiaría con el reconocimiento de acciones oportunas y contundentes en beneficio de todos.

COMISIÓN DIRECTIVA