¿Por qué los adultos mayores sufren dolores crónicos?

dolor320Envejecer es el único proceso conocido para vivir mucho tiempo. Es un proceso dinámico, continuo, irreversible y universal, por lo tanto, debemos estar conscientes de que la vejez no es una enfermedad y que no todos los adultos mayores son iguales ni todos envejecen de la misma forma.

El dolor crónico o de larga duración es más frecuente según aumenta la edad, entre otras razones porque puede estar asociado enfermedades crónicas cuya prevalencia es mayor en las personas mayores, como es el caso de la artrosis, algunas enfermedades cardiovasculares, neuropatías, etc.

Sin embargo, también puede estar asociado a alteraciones del sueño, pérdida parcial o total de la movilidad e incluso a problemas psicológicos que llevan al anciano a reclamar atención mediante manifestaciones de dolor. Finalmente, la percepción dolora puede verse incrementada ante la existencia de un cuadro de ansiedad o una depresión.

Los cambios que el envejecimiento produce en el organismo humano (tejidos, órganos, sistema nervioso, etc.) favorecen, por tanto el dolor crónico. Pero también lo condiciona el hecho de que las personas mayores vivan en un entorno familiar inestable, que hayan sido institucionalizados o que sufran algún trastorno psicológico.

Asimismo, la polimedicación y los cambios que el envejecimiento del organismo genera en la metabolización de los fármacos pueden modificar tanto la percepción del dolor como su duración y respuesta a los diferentes tratamientos.

Otro aspecto importante es la dificultad que en ocasiones reviste para el médico la identificación y la valoración del dolor crónico de una persona mayor. Es importante que sea ésta y no los familiares los que expliquen cómo y cuándo se manifiesta y también hay que atender a las reacciones que éste produce en el paciente (gemidos, cambios de la expresión facial, dónde coloca las manos cuando dice tener dolor, etc.).

La elevada prevalencia del dolor en la población anciana, junto con las consecuencias deletéreas del infratratamiento del dolor producen, a un elevado costo, no sólo económico, sino en lo personal, social y familiar.

Los ancianos sufren una mayor incidencia de patologías dolorosas, por lo que se deben establecer estrategias de tratamiento adecuadas para su evaluación y manejo.

Los ingresos hospitalarios de pacientes mayores de 65 años son tres veces más frecuentes que los ingresos de pacientes más jóvenes.

Las personas mayores a menudo son excluidas de los ensayos sobre la evaluación y el tratamiento del dolor debido a deficiencias cognitivas o sensoriales.

Los profesionales tienden a subestimar las necesidades de dolor, por lo que se infra prescribe y se infra trata el dolor en los pacientes ancianos. El primer paso en el manejo del dolor es a través de su evaluación; aunque el dolor es una experiencia subjetiva.

Las personas mayores muestran algunas diferencias al describir su dolor que puede ser atribuible a una serie de factores como la biología, la cultura, la religión, el origen étnico, el deterioro cognitivo, la organización o el contexto social.

Las barreras de actitud también son relevantes debido a que todavía se cree que las personas mayores experimentan menos dolor que los otros grupos de edad. No es sorprendente que las personas mayores crean que el dolor es algo que hay que soportar y que es una parte inevitable del envejecimiento.

El tratamiento eficaz del dolor es de suma importancia debido al aumento de la morbilidad y la mortalidad asociadas con el infratratamiento del dolor.

Es sólo a través de la consideración atenta de la totalidad de los elementos que integran el síndrome del dolor como será posible alcanzar un satisfactorio nivel de control del mismo.

Además, en la evaluación del dolor se interponen con frecuencia los prejuicios. Entre la población general y aun entre los profesionales de la salud suele decirse que el dolor es parte del proceso de envejecimiento normal, que el dolor salva y redime, que el dolor es signo de debilidad, o bien, que el dolor atemoriza. Estos prejuicios alimentan la subestimación y las insuficiencias en el tratamiento. “La edad no es un analgésico”, dice Harkins,y conviene recordárselo sobre todo a los familiares y a veces al mismo enfermo.
El dolor, en particular el persistente, es causa usual de un deterioro significativo de la calidad de vida. Contribuye a exacerbar estados depresivos, entorpece la socialización, altera el sueño, compromete la marcha, aumenta el consumo de recursos destinados a la atención sanitaria, disminuye el potencial rehabilitatorio y predispone a sufrir efectos secundarios de la acción medicamentosa, especialmente cuando es necesaria la polifarmacia.

La polipatología del anciano reviste una variedad de máscaras engañosas y conduce a situaciones equívocas en donde el dolor crónico, las alteraciones cognoscitivas y la depresión se expresan con frecuencia de manera semejante.

La comorbilidad en general y en particular una variedad de patologías muy frecuentes en este grupo de edad modifican el umbral doloroso, en general disminuyéndolo.

Amén de la patología comórbida, hay una serie de condiciones y factores asociados que contribuyen a modificar la expresión clínica de los síndromes dolorosos. Es particularmente frecuente la concomitancia de la depresión y/o de la ansiedad, que conducen al aislamiento social y, sobre todo, al deterioro funcional.

Resulta usual la contribución al cuadro de un componente afectivo-cognitivo en el que es difícil desentrañar la interrelación entre el dolor y las manifestaciones depresivas que suelen entrar en un círculo vicioso en el cual se exacerban mutuamente.

La presencia de una ganancia secundaria no es elemento suficiente para considerar que el dolor sea de origen psicógeno en razón de lo arriba anotado. Matizan también la expresión del cuadro doloroso, la personalidad premórbida, la experiencia previa de afecciones dolorosas y el desenlace que hubieran tenido las mismas. La ansiedad anticipatoria y, eventualmente, la ansiedad generalizada acompañan en mayor grado a estos casos.

Un caso particular y especialmente frecuente entre los ancianos es el del sujeto afectado por el deterioro cognoscitivo. Esta situación clínica representa un reto difícil de abordar, pues el paciente adolece de una dificultad progresiva para expresar el dolor a causa de las alteraciones del lenguaje que acompañan a estas afecciones.

Ello propicia una mala interpretación de los síntomas por parte del personal médico, que con frecuencia sólo observa a un sujeto con agitación psicomotriz en los casos de dolor agudo o un paciente que gradualmente se retrae y rechaza la alimentación hasta caer en el estupor en el caso de dolor crónico.

Es indudable que esta circunstancia afecta por igual en el domicilio al cuidador primario que al que conoce mejor al enfermo; en el segundo caso es más posible sospechar la naturaleza del deterioro y reconocer al dolor como el elemento causal. El uso de escalas especiales que se apoyan en la expresión facial y la variación en los patrones de comportamiento se impone para hacer más objetiva la observación.
La consideración sistémica y exhaustiva de los orígenes del proceso patológico que generan el dolor y sus consecuencias funcionales, así como el impacto que tiene sobre la calidad de vida, permite un mejor resultado terapéutico. La presencia del dolor debe reconocerse a través de la entrevista y la observación del sujeto.

Sin embargo, la obtención sistemática de información a partir de una tercera persona próxima al enfermo suele aportar datos útiles para una más clara comprensión del problema. Esto es indispensable cuando existe depresión y/o deterioro cognoscitivo.

Al realizar la evaluación inicial no debe olvidarse la importancia de recabar información acerca del entorno inmediato del enfermo, particularmente en lo que se refiere al nivel de apoyo familiar y social que recibe, la presencia de cuidadores profesionales o familiares disponibles, la calidad de la relación y los aspectos vinculados con la espiritualidad.

En la valoración inicial y para sentar las bases del seguimiento de la terapéutica es fundamental establecer metas definidas en el tratamiento. La primera es, sin duda, alcanzar un control adecuado del dolor.

El manejo adecuado de la comorbilidad suele contribuir a proporcionar bienestar al enfermo, en particular el abordaje óptimo de las afecciones mentales (sobre todo de la depresión). En presencia de sintomatología depresiva es necesario el tratamiento sincrónico del dolor y la depresión.

Tratamiento farmacológico

Toda intervención de esta índole acarrea tanto riesgos como posibles beneficios. Ambos merecen una cuidadosa consideración. Esto debe quedar claro para el paciente, así como la expectativa de que el tratamiento habrá de beneficiarlo. Sin embargo, debe tenerse presente que es un error crear en la persona falsas expectativas y que espere de inmediato una completa remisión del dolor. El uso de un registro cotidiano es un auxiliar que sirve para poner en evidencia la evolución y la eventual respuesta al tratamiento o sus insuficiencias, así como las probables causas o exacerbantes del dolor. El tratamiento debe ser individualizado de manera cuidadosa. Los ancianos suelen ser más vulnerables a los efectos secundarios y más sensibles a los psicofármacos.

El dolor en las personas mayores tiene una base objetiva y otra parte es subjetiva y personal, como siempre oímos.

Su intensidad se incrementa o disminuye según cada sujeto que lo padece. Así influyen positiva o negativamente: las formas de ser de cada persona, temperamento, carácter, cultura, formación, creencias, autodominio, entorno (personas, cosas, lugar...).

Por tanto, en parte, las personas mayores pueden tener la llave para mitigar su dolor, en sus manos.

• Podemos educarnos y formarnos para el sufrimiento.
“No importa que se arrugue la piel mientras no se arrugue el alma”

Felices fiestas sin dolores!!!!

 

Dr. Fernando Mendyrzycki
NEUROLOGO INFANTIL UNIVERSITARIO

 

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30 años de experiencia en el campo de la geriatría.

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