“La música no es un fin sino un medio”

musicoterapiaLa musicoterapeuta Viviana Fioravanti refuta mitos de la profesión, valora los resultados terapéuticos alcanzados con pacientes de todas las edades y patologías, y resalta el rol del especialista para entender que cada situación requiere un enfoque particular.

 

LR: ¿Qué es la musicoterapia?
- En realidad la musicoterapia es algo por lo que todo el mundo dice “ay qué lindo” pero no tiene mucha idea de lo que hacemos. Cargamos con el nombre porque la música es algo que le gusta a todo el mundo, y porque por otro lado la gente cree que tiene que venir a la consulta a hacer música, que va a aprender a hacer música o que tiene que saber hacerla. En realidad la musicoterapia es algo que hacemos los musicoterapeutas usando todos los elementos de la música (la armonía, el sonido simple, el silencio, la melodía) pero para evaluar cualquier producción sonora que se nos presente. Cuando alguien habla, para nosotros también está haciendo música. Más que nada lo no verbal, lo gestual, que viene acompañado. Es tomar la producción como un combo, como una totalidad. A mí high mentalis me enseñó que la consulta empieza cuando uno llama al paciente y viene. Cómo se para, si viene con un niño, si lo agarra, si lo llama o si lo trae colgando de un brazo, si lo deja atrás. Todas esas son informaciones para un encuadre terapéutico como es el que tenemos nosotros.

LR: El término implica una terapia. ¿A quién se la indicarías?
- Cualquier persona puede hacerla porque es una terapia a la que puede ir de la misma manera que va a un psicólogo queriendo revisar aspectos de su vida. Por otro lado hay otras cuestiones que son puntuales o más ideales como en el caso de las discapacidades. Por ejemplo, cuando lo que está comprometido es la palabra hablada, en el caso de los ancianos que empiezan a tener muchas incoherencias o dificultades para conectar, cuando hay demencias o principios de Alzheimer, cuando hay dificultad para conectarse adecuadamente con la situación del aquí y ahora. En el caso del Alzheimer muchos aspectos de la memoria están absolutamente conservados, y trabajar con los sonidos y con el cuerpo con una orientación específica ayuda mucho a los pacientes. Facilita muchísimo la neuro plasticidad. Porque el cerebro haciendo o escuchando música, aún en una actitud pasiva, activa los dos hemisferios al mismo tiempo.

LR: ¿Qué rol juega lo lúdico dentro del espacio que se genera entre el paciente y el profesional?
- El juego es la mejor entrada porque nos sirve para que se afloje el otro, nos sirve para entender cómo juega, nos sirve para ver si se prende o si no se prende con las instancias planteadas. Con los niños es fundamental porque los niños juegan todo, los roles, las profesiones, los miedos. Así que lo lúdico es la manera de entrar. Después otra cosa es lo que hacemos con eso. Una cosa es en la instancia diagnóstica, donde lo lúdico sirve para que el chico nos muestre todo. Después vamos estableciendo las estrategias terapéuticas, vamos viendo por dónde si y por dónde no. Así podemos meter los temas de crisis sobre el tapete para ir trabajando.

LR: ¿Cuál es el rol de la terapia en relación a la comunicación verbal y la no verbal?
- Dependiendo del grado de compromiso con la patología, se profundizan todas las vías de contacto. Es una de las indicaciones en los trastornos del espectro autista, porque no es necesario hablar en musicoterapia. No es necesario entrar en contacto. El silencio es un punto de inflexión muy importante en una sesión de musicoterapia. Es un momento de quiebre: nosotros lo llamamos momento de insight, donde de pronto se juntan un montón de asociaciones, no necesariamente consientes y prácticas, pero que sí impactan en las conductas posteriores. El contacto en musicoterapia se facilita a través de intermediarios que pueden ser los instrumentos, puede ser una pelota o un objeto que el paciente trae. El contacto se hace compartiendo una superficie. O sea, si estamos los dos usando un tambor, no estamos en contacto pero tenemos un punto que nos une. Y todas estas son vías alternativas para llegar al contacto visual. Se establece un contacto que por ahí dura un segundo y seguimos con otra cosa. Pero ese segundo, más dos segundos de la próxima, más tres segundos de la próxima empiezan a generar cambios. Lo que tiene la musicoterapia es que vos entrás en áreas directas de la expresión del inconsciente. Lo sonoro corporal no verbal no lo manejamos. Yo no estoy pensando cómo voy a hacer los gestos que hago mientras hablo. Salen solos. Son absolutamente íntimos y verdaderos. Cuando vos establecés cambios directamente en el inconsciente entrás al punto de conflicto y no lo tenés que pensar. Por ejemplo el psicoanálisis utiliza la angustia, el darse cuenta, el poner las cosas en palabras. Nosotros no aplicamos ese método, sino que se hace el cambio y después uno se da cuenta de dónde venía algo o empieza a notar cambios en la conducta. Ésta es una gran diferencia, nosotros entramos de otra manera. No buscamos que la gente se dé cuenta sino que se produzcan los cambios porque lo vemos en el discurso sonoro corporal.

...Nosotros no hacemos que una persona autista deje de ser autista o que una persona con síndrome de Down deje de tener el síndrome. Pero sí podemos colocar muchas herramientas para que mejore la conexión y el autocuidado.”

LR: No hay dos personas iguales, ¿no? ¿Usted adopta una estrategia distinta con cada paciente?
- Totalmente. Recién cuando venía a la entrevista el muchacho que manejaba el coche que me trajo me decía que sus hijos se duermen escuchando música de metal porque él y su mujer son metaleros. En general se piensa que si vos ponés música de metal la gente se excita. Esto no es así. A cada uno lo tranquiliza lo que tiene que ver con su historia sonora.

LR: ¿En qué ámbito de todos los que menciona es más efectiva?
- En todos. Tiene que haber un buen musicoterapeuta, una buena anamnesis y una buena conexión donde haya buena transferencia y contra transferencia. Porque cuando hacés una buena conexión te das cuenta por dónde viene la cosa y rápidamente podés ir metiendo cuñas. Después la gente viene y dice “no sé qué pasó pero yo estoy mejor”.
Y por ahí dos meses después te dice “sabés qué descubrí, que mi abuela mataba la gallina que yo le daba de comer y era con la que hacía el puchero…”, por decirte un ejemplo de cualquier asociación que sea. Y el punto es que vos donde entrás y resolvés en el inconsciente no tenés riesgo de que mute a otro síntoma. Muchas veces hay terapias que te dicen “te resolvemos esto en 5 sesiones”. Y sí, el paciente no se comió más las uñas pero empezó a, no sé, a rascar las paredes, o a enroscarse el pelo hasta tirarse mechones. Si no le das solución, el conflicto busca salida por otro síntoma. No se trata de que le cambiemos el síntoma sino que resolvamos de fondo. Hay cosas que no se pueden resolver. Nosotros no hacemos que una persona autista deje de ser autista o que una persona con síndrome de Down deje de tener el síndrome. Pero sí podemos colocar muchas herramientas para que mejore la conexión y el autocuidado. Vos podés darles herramientas para que esas habilidades se usen saludablemente y no para su riesgo.

LR: Usted habrá visto pacientes con Alzheimer incipiente y avanzado. ¿Cómo trabaja con ellos?
- En las situaciones incipientes se usa toda la historia sonora del paciente para que la memoria retrógrada mantenga fresca la memoria actual. O sea ir metiendo una cosa con otra. Y en las más avanzadas, la musicoterapia ayuda a organizar el día a día: la mañana, la tarde, la noche, la semana. O sea, los pacientes se orientan mucho mejor en tiempo y en espacio. Lo que hacés son juegos como por ejemplo “ésta canción se la contaba a mi hija, quién es tu hija, y de estas fotos cuál es tu hija…”.
Vas intercurriendo en cosas que mantienen activas a las habilidades, lo más que se pueda y el cerebro te lo permita. Lamentablemente no somos milagrosos.

LR: ¿Qué tipo de formación tiene un musicoterapeuta?
- Es una carrera universitaria. Ahora es una licenciatura de cinco años. Se da en la UBA, la USAL, la Universidad Maimónides. Hay una nueva carrera en Mendoza y en la Universidad del Nordeste.

LR: ¿Necesariamente hay que ser músico para ser musicoterapeuta?
- Uno tiene que saber música. Los musicoterapeutas no somos músicos porque tampoco se trata del preciosismo musical. Lo más entrenado que tenemos que tener es el oído para escuchar el discurso sonoro. Hay varias corrientes en musicoterapia. Algunas son muy instrumentistas y apuntan mucho a la producción musical. Y para mi gusto es una musicoterapia muy catártica y no tan metida con el discurso sonoro. La corriente que yo adhiero tiene que ver con que hagas lo que hagas para mí es un discurso sonoro, y ese discurso yo lo voy evaluando y le voy encontrando constantes y variables. Por ejemplo, el “chan chan” del tango es una constante. Todo lo demás es una variable. Podríamos decir que el “chan chan” del tango sería la expresión sonora del síntoma. Y yo lo tengo que movilizar. Cuando yo consigo hacerlo, logro un cambio en la conducta de fondo. Muevo el origen.

LR: ¿La música es una excusa?
- Sí. Cargamos con este nombre y todo el mundo cree que voy a venir con la guitarra y todo el arsenal de instrumentos, que sí los tengo porque hay con quienes sí trabajo con instrumentos. Pero con la mayoría de la gente yo no trabajo con instrumentos porque la mayoría no sabe tocar instrumentos, y si al que toca piano yo le pongo un tecladito de dos octavas me dice “esto es una porquería”. Y el que no toca guitarra no quiere tocarla porque “te la voy a romper”. En realidad, una misma frase que dice una persona puede tener una entonación distinta. Esa es la música para nosotros. Aunque vos estés hablando frente a mí. Cuando vos flexibilizás ese núcleo que se repite constantemente, lográs un cambio en la conducta. Y después por ahí viene el “sabés que empecé a dormir mejor…”.

LR: ¿Piensa que la desinformación de la que hablábamos al principio, sobre qué es la musicoterapia, ha llevado a que se subestime la profesión?
- Cuando la gente viene a verme, más de una vez me dicen “yo pensé que me iba a encontrar con un hippie de pullover peruano medio fumado” y yo no tengo ese aspecto. Éstos son prejuicios. Sí también hay un mal uso de estas herramientas. Porque andar tocando la guitarra con guantes de látex y ambo por las salas tampoco es hacer musicoterapia. No somos DJS de pacientes, no te decimos si estás sano o no dependiendo de qué música te guste, no te indicamos una receta de qué tenés que escuchar para sentirte bien. La música no cura. Lo que cura acá es la estrategia terapéutica en un vínculo paciente profesional. Igual que las palabras. Las palabras no curan. Cuando vas al psicólogo no te impone las palabras y te cura. Te cura lo que van haciendo con los relatos, las evaluaciones, las interpretaciones y demás.

LR: ¿El paciente que va a musicoterapia, en general, comparte el tratamiento con otros profesionales de otro campo?
- Depende de qué le pase. En los chicos con discapacidades sí se da la estrategia de la multi intervención, que también hay que ver cómo se hace. No se trata de facturar todo lo que sea posible metiendo al chico en 84 terapias a la semana. Esto debería estar pensado a consciencia para cada persona que se te sienta adelante. Yo particularmente es raro que tenga pacientes en tratamiento simultáneo por las cosas que yo puntualmente trabajo. Pero sí sucede. Se da mucho en los musicoterapeutas que trabajan en instituciones, más que en los que trabajan en consultorio. La ley de ejercicio profesional que tenemos, que no está reglamentada por lo que no estamos en el registro de prestadores, sólo permite que se pague la consulta de musicoterapia con certificado de discapacidad. Sólo accede alguien con certificado de discapacidad. Lo demás no lo reconoce nadie y a la persona no le devuelven ni 50 pesos.

LR: ¿Con qué diagnósticos uno indicaría musicoterapia?
- Con pacientes con trastornos del espectro autista, pacientes con Alzheimer, en obstetricia, en neonatología, en internación de pediatría, en cuidados paliativos, en pre quirúrgicos para ambientar a los pacientes con diagnósticos complicados. En los casos que se trabaja musicoterapia en internaciones de cirugías hay estadísticas de menos recurrencia de infecciones y menos necesidad de analgesia.

LR: ¿Cómo sería ese tratamiento?
- Depende, porque a veces sólo se interviene para la necesidad específica y después ya queda a criterio del paciente si continúa la terapia con ese musicoterapeuta o con otro o no. Pero estas cosas sí se han trabajado y se trabajan en el mundo. Lo que yo hago no lo hace mucha gente en el mundo, estoy ahora abriéndolo. En el lugar de intervención las personas son sonido, gesto, movimiento les pase lo que les pase. Si tenemos eso podemos tener un musicoterapeuta trabajando ahí.

LR: ¿Cómo elige la música que usa?
- Yo no la elijo. Nunca abordo a los pacientes ni con instrumentos ni con música. Se va adecuando a los gustos de paciente aunque se elija música que a mí no me gusta. Yo no hago un tratamiento tan musicalizado porque cuando vos ponés música ya hay un sentido asignado a todo esto. Esta música puede ser la que abra las puertas de la confianza y después yo después la mueva y me mueva en el terreno de lo sonoro que produce el paciente. La música no es un fin sino un medio.

“...La música no cura, es disparador y vos tenés que estar ahí para ver qué pasa...”

LR: ¿Puede ser que la música no sea el factor más preponderante mientras dure la sesión?
- Sí, porque la música que está hecha es la música de otro y puede ser el disparador de algo muy conmovedor y positivo o de algo muy conmovedor y negativo. Hace poco tuve un cruce en una red con unos musicoterapeutas españoles que vendían CDS de la felicidad, la relajación, el buen sueño y todo lo demás. Vos vendés esto de la relajación y todo lo demás, que era una melodía con el sonido de una laguna y los patitos. Si esto se lo ponés a alguien que no recuerda que fue violada al borde de una laguna y sonaban los patitos, lejos de la relajación vas a tener una crisis que va a levantar un recuerdo absolutamente negativo. Mucha gente las situaciones así muy traumáticas las bloquea y las niega, no las recuerda, y un disparador así de fuerte las puede levantar. No se le puede asignar ese poder. La música no cura, es disparador y vos tenés que estar ahí para ver qué pasa. Si vos te llevas el CD a tu casa y te empezás a angustiar sólo porque se suponía que con eso te tenías que relajar podés tener una crisis fea con una persona. Esto no se lo podés dar para que lo use para relajarse. Esto es trabajo en sesión. Hoy por hoy tenemos cualquier cantidad de consultas de gente que empieza a decir que fue abusada, es un tema que está sobre la mesa en todos lados y que empieza a expresarse y que venía tapado por un montón de síntomas encima, y esto lo vemos muy frecuentemente. No existe la receta musical, existe el trabajo conciente de una sesión.

LR: ¿Qué pasa con los chicos que tienen trastorno de déficit de atención? ¿Tiene utilidad la música?
- Depende si es con hiperquinesia o sin hiperquinesia. El déficit de atención se trabaja en general con el ritmo, que es con lo que te tenés que conectar y estar atento para repetirlo y seguirlo. Yo con la hiperquinesia tengo mis reservas porque hay muchos chicos sanos que están cansados de estar ocho horas en la escuela con gente que les dice “quedate quieto”. Además salen al recreo y les dicen que no pueden correr, porque en los recreos no se corre porque si se chocan se lastiman. Les pedimos demasiado a los chicos. Y en realidad me preocupan más los que están quietitos sentaditos en el fondo que “son buenitos”, pero tenés que ver qué le pasa a cada uno. El ritmo con los chicos es el primer aliado para el tratamiento. Por eso digo que el juego puede ser una entrada independientemente de lo que estoy haciendo. Los recursos son amplísimos, porque yo puedo estar haciendo ritmo con una pelota y no con un tambor. Con cada chico se hace algo nuevo.

LR: En la revista ya hicimos muchas notas sobre la cuarta edad. ¿Cómo trabaja la musicoterapia con eso?
- Yo creo que una persona llega a viejo como vivió toda la vida. Por eso habría que pensar la vejez desde joven. Por ahí estaría bueno meterle mucho más énfasis a la prevención para que la cuarta edad no nos agarre mal parados. Pero si la cuarta edad nos agarró mal parados hagamos todo lo que tengamos a mano. Hay mucha gente que empieza a descubrir la vida y a disfrutar sus hobbies y actividades después de que terminó la edad laboral, y no necesariamente con plata. En Remedios de Escalada, PAMI tenía un club de día que funcionaba como un hospital de día. Iban los pacientes de nueve a cinco. Los que necesitaban traslado los llevaban. Hicieron una orquesta con instrumentos de papel, armaban viajes, hicieron un vestuario y empezaron a hacer cosas para mover al barrio. La cuarta edad dependerá de cada uno como la vida en general. No me acuerdo quién dijo que “no hay enfermedades sino enfermos”. Frente a un mismo diagnóstico yo he visto morirse en dos meses a alguien y a otro decir “voy a hacer todo lo que no hice”. En el hospital vi a un nene con el que estábamos trabajando en la despedida para su muerte. Un día me llega a mí un mensaje al celular que había entrado al hospital el papá de ese nene con un balazo en la cabeza. ¿Y el nene sabés que dijo? “Yo no me puedo morir ahora porque no voy a dejar sola a mi mama”. El nene ahora vive en Mar Del Plata y tiene 25 años. Lo estábamos acompañando a morir. Nunca hay un velorio si no hay un muerto. El potencial humano es increíble. Se ha visto en millones de ejemplos.


Perfil de la entrevistada

Viviana Fioravanti es musicoterapeuta recibida en la Universidad del Salvador. Orientó su trabajo en clínica psiquiátrica y desarrolló la actividad durante 28 años en el Hospital Churruca. El suyo fue el primer nombramiento de musicoterapeuta en el escalafón hospitalario. En lo privado, se enfocó principalmente en la terapia con chicos.

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