La Tucumán de 1816

tucuman1La ciudad era una incipiente aldea y de unos 5 mil habitantes. Los congresales que luego proclamaron la Independencia se alojaron en la casa de familias adineradas y en conventos.

El único periodista acreditado en el Congreso de 1816 fue Fray Cayetano Rodríguez. Su periódico, el Redactor del Congreso, se distribuía con tres meses de retraso. Previo a la llegada de los diputados de las Provincias del Sud, ya conocida la sede, en Tucumán, trataba de explicarle a un amigo los motivos de la elección: “¿Y dónde quieres que sea? ¿En Buenos Aires? ¿No sabes que todos se excusan de venir a un pueblo a quien miran como opresor de sus derechos y que aspira a subyugarlos? ¿No sabes que aquí las bayonetas imponen la ley y aterran hasta los pensamientos? ¿No sabes que el nombre porteño está odiado en las Provincias Unidas o desunidas del Río de la Plata?”

De acuerdo a la mayoría de los historiadores, no existían muchas posibilidades a mano. Buenos Aires, se ve, no generaba confianza y la idea era ponerle un límite. Las provincias del litoral estaban dominadas por Artigas; Catamarca y La Rioja se hallaban muy a trasmano; Cuyo también y además la amenaza realista desde Chile era latente; lo mismo sucedía con Salta y Jujuy, asediadas por el avance español desde el Alto Perú –se había perdido recientemente la batalla de Sipe Sipe-.

La designación de Tucumán para las deliberaciones que consagrarían la Independencia caía de maduro. Era un punto equidistante para todas las provincias, a medio camino entre Buenos Aires y Lima por el viejo Camino Real. Allí tenía su base el cuartel general del Ejército del Norte, lo cual le ofrecía protección, además de la resistencia de los hombres de Guemes. La presencia en forma permanente de fuerzas militares también movilizó el desarrollo de una estructura sanitaria que, aunque precaria, servía para atender cualquier necesidad.

Por otra parte, el historiador tucumano Carlos Páez de la Torre rescata un punto no menor: el gobierno de la ciudad había demostrado “una fidelidad sin desmayo a las disposiciones del gobierno central. Lo que el directorio decía Tucumán acataba. Estaba Bernabé Aráoz de gobernador, de enorme prestigio por su fortuna personal, por la Batalla de Tucumán, por su parentela, por sus vinculaciones”.

Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, las provincias de la Banda Oriental y algunas del Alto Perú no enviaron representantes, por cuestiones políticas. Los primeros diputados arribaron a Tucumán a finales de diciembre de 1815 “más que fatigados por los caminos infernales”. Lo hicieron en galeras –el medio más rápido y confortable- o en carretas –que también podían transportar mercadería y tardaban entre 40 y 50 días en hacer, por ejemplo, el trayecto desde Buenos Aires-. La mayoría hizo redactar su testamento. Todo podía suceder en el medio de la nada, por caminos “paupérrimos” y expuestos al ataque de “indios o bandidos”.

Sólo unos pocos habían estado alguna vez en la incipiente ciudad en la que iban a discutir el futuro de los territorios antes dominados por España. Debieron acostumbrarse a la precariedad y a lo que había a disposición. Se les asignó una remuneración de $ 100 por mes.

El Congreso comenzó a deliberar el 24 de marzo de 1816. El discurso de bienvenida lo pronunció el diputado porteño Pedro Medrano. En esa misma jornada se decidió que la presidencia del cuerpo sería mensual y rotativa. Francisca Bazán de Laguna, mujer de la clase adinerada del lugar, cedió su casa para que allí se realizaran las sesiones.

En ese Tucumán no había mucho para ver. A lo lejos, se podían distinguir las siluetas de sus cuatro iglesias y el Cabildo, ubicados en derredor de la plaza pública, “nombre pomposo para un espacio abierto donde pastaban los animales” según cuenta Paz de la Torre. Pese a esa descripción, en el contexto del momento, era un centro comercial muy importante. La principal actividad era la construcción de carretas y una primitiva explotación de la caña de azúcar y la ganadería. Había en la ciudadela más de 10 pulperías, verdaderos centros de reunión de los más humildes, gauchos y campesinos, quienes allí se abastecían de todo lo necesario –alimentos, herramientas, etc-.

Tucumán era en realidad una provincia, que contenía entonces a las actuales Catamarca y Santiago del Estero. De acuerdo a los registros de la época, la población total era de unos 50 mil habitantes. En la capital, San Miguel, urbe modesta con características de aldea, vivían unas 5 mil personas según una proyección del censo realizado en 1812 en dos de los cuatro barrios o cuarteles en los que se dividía.

tucuman2Las viviendas en su mayoría eran modestas, salvo las que estaban circundando la plaza y pertenecían a los más pudientes. Estas casas, según el escritor Paul Groussac, tenían “zaguán con baldosas, un primer patio lleno de plantas y rodeados de galerías en cuyos postes de cedro se enroscan diamelas y madreselvas, una alfombrada sala de recepción con balcón, muebles de caoba y platería labrada”. En ellas se alojaron algunos de los congresales; el resto lo hicieron en los conventos o casas de sacerdotes.

El Cabildo era la institución principal. De dos plantas y ocho arcos sin torres se alzaba sobre el resto de las edificaciones. De las cuatro iglesias, la única más o menos significativa era la de San Francisco, construida por los jesuitas. En las manzanas adyacentes a la plaza la urbanización era compacta pero a poca distancia se iba haciendo más salteada “para prácticamente desaparecer más allá de la ronda”.

La población nativa que recibió a los congresales bebía aguardiente o caña. Vivían una vida sencilla. Los aglutinaban las festividades religiosas y diversiones populares como las payadas, el juego de naipes, las riñas de gallos, las carreras de cuadrera y de sortija. “La vida de la ciudad –cuenta de la Torre- duraba lo que la luz del sol. Después, se trancaban las puertas y la familia comía a la luz de velas. Sólo algunos mozalbetes en tren de juerga se atrevían a caminar durante la noche”.

Es que San Miguel de Tucumán era, básicamente, una aldea de calles de tierra, casi sin vereda, con viviendas de techo de paja o teja en el centro y ranchos o quintas con sembrados y árboles frutados más a los lejos. En las afueras, el río Salí atravesaba el bajo anegadizo en dirección a Santiago y camino a Salta se amontonaban cañaverales, altos pajonales y luego las llanuras con montes de cebiles y quebrachos.

En su “Breve Historia de Tucumán: del siglo XVI al siglo XX”, Manuel Lizondo Borda ofrece una descripción aún más detallada del entorno: “Al suroeste se abrían hondonadas y tras ellas como una pampa de bajos pastizales. Y más al poniente decoraban el paisaje coposos árboles de sombras, quintas de alegres naranjales y montes que se perdían a lo lejos frente al pie del murallón gigantesco, boscosos también, de las montañas”.

tucuman4En ese ambiente tranquilo y pueblerino, los diputados provinciales debatieron en sesiones abiertas y a veces secretas. A pesar del fragor de los debates, las presiones y el tiempo apremiante, se permitieron también ciertas distracciones (Ver De baile…). Lo cierto es que el 9 de julio, pasado el mediodía, aclamaron la Independencia de las Provincias Unidas en América del Sud de la dominación de los reyes de España y su metrópoli -diez días más tarde se agregaría la frase “y de toda dominación extranjera”-. Presidía la sesión de ese día Francisco Narciso Laprida y 29 diputados suscribieron el acta, de la cual se hicieron 3000 copias -mitad en castellano, mil en quechua y 500 en aymará-. La noticia en Buenos Aires se conoció el 16. El 10 se hizo un baile en la misma casa histórica y se coronó reina a Lucia Araoz de 10 años, a quien luego se llamó “la novia de la patria”.

El congreso realizó sus reuniones en Tucumán hasta el 4 de febrero de 1817, y de ahí se trasladó a Buenos Aires. Las fuerzas realistas amenazaban desde el norte y las condiciones de seguridad no estaban dadas.

Aun así, la atmósfera pueblerina no varió. La gente siguió con su vida sosegada, quizás sin imaginar que nunca se dejaría de hablar de esos meses revolucionados por la realidad histórica.

De baile en baile

Mientras sesionaba el Congreso, todas las semanas había un gran baile en Tucumán en alguna casa adinerada de la aldea. El baile más famoso fue el del día 10. También lo fue el modo en que lo narró el francés Paul Groussac según versiones cercanas: “¡Cuántas veces me han referido sus grandezas mis viejos amigos de uno y otro sexo, que habían sido testigos y actores de la inolvidable función! De tantas referencias sobrepuestas, sólo conservo en la imaginación un tumulto y revoltijo de luces y armonías, guirnaldas de flores y emblemas patrióticos, manchas brillantes u oscuras de uniformes y casacas, faldas y faldones en pleno vuelo, vagas visiones de parejas enlazadas, en un alegre bullicio de voces, risas, jirones de frases perdidas que cubrían la delgada orquesta de fortepiano y violín. Héroes y heroínas se destacaban del relato según quien fuera el relator. Escuchando a doña Gertrudis Zavalía, parecía que llenaran el salón el simpático general Belgrano, los coroneles Álvarez y López, los dos talentosos secretarios del congreso, el decidor Juan José Paso y el hacedor Serrano… Oyendo a don Arcadio Talavera, aquello resultaba un baile blanco, de puras niñas imberbes, como él decía. Y desfilaban ante mi vista interior, en film algo confuso, todas las beldades de sesenta años atrás: Cornelia Muñecas, Teresa Gramajo y su prima Juana Rosa, que fue “decidida” de San Martín; la seductora y seducida Dolores Helguera, a cuyos pies rejuveneció el vencedor de Tucumán, hallando a su lado tanto sosiego y consuelo, como tormento con madame Pichegru…”.

“Breve Historia del siglo XVI al siglo XX”. Manuel Lizondo Borda.
“Historia de Tucumán”, Carlos Paez de la Torre

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