“Nunca sentimos odio, con nuestra forma de ser fuimos transformando todo con amor”

massadLa familia Massad es un ejemplo extraordinario de fortaleza frente al dolor. Su hijo Marcelo Daniel es uno de los jóvenes argentinos que murieron combatiendo en Malvinas. Ellos han dado siempre un testimonio de paz y reconciliación.
MALVINAS ES UNA HERIDA ABIERTA QUE NOS INTERPELA, QUE NOS CONMUEVE DESDE LA PROFUNDIDAD HUMANA.

El 14 de junio de 1982 se conoció la rendición argentina. Durante una semana, no hubo noticias. Hermetismo absoluto. Familias en todo el país llamaban desesperadas. Tengan paciencia, les respondían.

Una mañana, Dalal y Said Massad se subieron al auto en Banfield con la esperanza de abrazar a Marcelo Daniel, soldado de la clase 62 de la Compañía B del regimiento de Infantería Mecanizado 7 de La Plata. Entusiasmados, se pararon desde temprano en la puerta del destacamento y vieron pasar miles de jóvenes uniformados, con los rostros tristes y serenos, mientras caminaban por un pabellón hacia unos micros que, luego supieron, los trasladarían a Campo de Mayo.

A los gritos, Said se quedó ronco de tanto pronunciar el nombre de su hijo.

“No tenía eco, no recibía ningún eco...una voz en la multitud que me dijera papá, acá estoy yo papá...”

Estuvieron hasta las 10 de la noche, tomados de las rejas, cuando sintieron que era hora de volver. Cerca del portón principal, emergió el Mayor Carrizo, jefe del regimiento.

“No se preocupen -los quiso tranquilizar-, mañana están llegando más soldados del continente, vuelvan a su casa”.

Dalal había dejado de estar tranquila mucho antes. Cuando se enteró de que su hijo tenía que hacer el servicio militar, algo sintió, no sabe por qué pero se puso inmediatamente a llorar.

Descendientes de inmigrantes sirios que se esparcieron por todo el país en busca de trabajo, Dalal y Said nacieron en Banfield, se criaron a pocas cuadras de distancia, se enamoraron y terminaron casándose. Montaron un negocio en la ciudad y formaron una familia: Marcelo Daniel, y dos hijas, Yamilé y Karina.

El varón nació en la Clínica Maternal de Lomas el 31 de diciembre de 1962. Muecas de la vida: de haber nacido un día después quizás otro hubiera sido su destino. Hizo la primaria en el Colegio Lincoln y el secundario en el Colegio San Andrés. Era fanático de Banfield, como el papá. Jugaba al fútbol de arquero. Era tímido con los demás, pero confidente y abierto con su madre. Quería recibirse de contador público y antes de entrar a la colimba había rendido exitosamente el examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas.

“Dany, el servicio militar te va a hacer bien, yo te voy a acompañar, vas a aprender de todo, vas a aprender a cocinar, yo te voy a acompañar”. Decía su madre.

Lo hicieron ambos cada vez que podían. En La Plata, en San Miguel del Monte, en La Pampa. Allá donde lo destinaban, ellos iban.

No había nubarrones en el horizonte. Ninguna señal de peligro. Salvo el desgaste de una instrucción más severa que de costumbre, dura, inclemente.

Marcelo Daniel cargaba con el peso del año a cuestas pero nunca dejó de estar dispuesto, siempre de buen semblante. En el amanecer de 1982, el entusiasmo de la baja inminente le permitía asumir lo que venía con mas ánimo aún.

Marzo arribó con incertidumbres. Una sombra de hermetismo se montó a mediados de mes. Jornadas de recorridas desesperadas por distintas unidades militares para conocer su paradero. Finalmente se les informó a los padres que el 23 había sido incorporado al RIMec 7 de La Plata.

“Fue un alivio saber que estaba bien, lo fuimos a ver, le llevamos algo de comida, tratamos de darle ánimo; lo dejamos contento”.

Dalal recuerda hasta el menor detalle.
El joven regresaba a la casa de Banfield los fines de semana.

El 2 de abril se produjo el desembarco y la toma de las islas. Galtieri al balcón, la plaza llena. Emoción desbordante. Miles de personas frente al televisor. Arrastrado por el orgullo patriótico Said, como tantos argentinos, colgó la bandera celeste y blanca en el balcón y salió a celebrar. “Estaba contento, no pensaba en una guerra, nunca imaginé que iba a terminar como terminó...”.

Dalal se puso a llorar y caminó hacia la parroquia a rezar.Daniel

Cuentan que Marcelo Daniel dijo, sin una insinuación de queja: “¡150 años y justo ahora!”.
El 5 le daban la baja. Un primo lo acompañó a retirar el documento. “¿Massad, te podés quedar unos días? Solo unos días”, le dijeron en el Regimiento.
Y se quedó.

Pasó la Pascua con la familia. Fueron los cinco a la Misa de Ramos en la Sagrada Familia.

De vuelta en la unidad militar, se escuchó su voz al otro lado de la línea: “Mamá, prepárenme ropa, nos vamos al Sur, traiganmé abrigo y chocolate”.

La última imagen que tuvieron de él fue lustrando el fusil, calmo. Dalal le dio un rosario blanco. Se despidieron. Said preguntó a un superior para intentar conocer algo más. Recibió una lacónica respuesta: “De Bahía Blanca para allá, no se sabe a dónde irán”.

La Compañía B llegó a Malvinas el 13 de abril.

Dalal se refugió en la fe. Iba todas las tardes a la iglesia. Venían todo el tiempo vecinos a la casa, familiares de distintos lugares del país. La espera se hacía difícil de sobrellevar.

Said se hizo aún más fuerte para “apuntalar a mi mujer, a mis hijas que eran chicas y no tenían real conciencia de lo que sucedía”. El ritual cotidiano de cada hogar argentino en ese entonces se recreaba en el domicilio de los Massad frente al televisor, escuchando las mentiras que promovían un escenario falsamente alentador.

Marcelo Daniel escribía desde Malvinas sin quejas. Decía estar orgulloso de estar allí “peleando por los derechos de su patria”. Eran días apacibles los de abril en Puerto Argentino, centro urbano que le refería al prototipo de un pueblo inglés. Cinco cartas fueron llegando: “es una zona de muchos vientos y pastos secos”. Y repetía: “mamá, verdaderamente en la que más pienso es en vos, no puedo olvidarte”.

La guerra se abatió el 2 de mayo. El desenlace era seguro. El avance inglés, paulatinamente, incontenible.
Vamos ganando, vamos ganando. Las radios revelaban un cuadro distorsionado de los hechos.

Los Massad, al igual que tantos, se protegieron en esa sensación de amparo que transmitían los medios para fortalecerse de esperanza.

Los días, las semanas, fueron eternas. Sin novedades de nombres propios, salvo excepciones.
Marcelo Daniel había unido el rosario blanco a uno de color oscuro que le entregó el ejército en Río Gallegos.

El conflicto bélico está llegando a su fin en la noche del 11 de junio. En las laderas del Monte Longdon se libra la batalla decisiva. Las fuerzas argentinas resisten pero el poderío inglés va venciendo las defensas en la noche polar iluminada fugazmente por los rayos de bengala. Se ordena el repliegue. Hay un grupo de conscriptos a lo lejos atrincherados e incomunicados. El soldado Massad decide ir hacia ellos para avisarles de la orden. Una ráfaga de ametralladora acaba con su vida.

El 11 de junio el Papa Juan Pablo II arribó a la Argentina en misión de paz. Se reunió con Galtieri. Permaneció dos días y celebró una misa multitudinaria. Dalal se fue con tres amigas a la Catedral Metropolitana. Esperó parada durante horas. Cuando vio venir al pontífice, salió disparada y se trepó a las rejas del Cabildo. “Cuando pasó por la Avenida de Mayo, yo tenía la foto de Dany, la estampita y el rosario; en ese momento sentí que de la mano de él caía la bendición”.

Volvió a la casa reconfortada. Yamilé la recibió con una noticia. Ya estaba en el garage el auto renault 18 que le habían comprado a Marcelo para que lo disfrutara a su regreso.

Seguían retumbando las palabras del mayor Carrizo en las horas de vigilia. Estaba una nueva mañana en marcha el auto para ir a La Plata, cuando un vecino marino retirado citó a Said a su casa.

- Coco, sentate. Creo que Marcelo no va a volver.
No quiso creerle. No quería creerle.
- Me llegó a mis oídos la noticia, pero no estoy cien por ciento seguro.

Said volvió como pudo y cuando la enfrentó sólo atinó a decir: “Dalal, suspendamos el viaje”. Pero no agregó más -“para que ella y mis hijas siguieran teniendo aire en los pulmones para respirar”-. Su mujer tampoco quiso preguntar. Aferrados a una esperanza vana, extendieron la espera una semana más.

Un día, su cuñado Miguel tomó coraje y le dijo: “no podemos esperar más Said”, y lo acompañó a La Plata. Una autoridad del Regimiento le dio la noticia que no quería escuchar nunca. Quiso saber cómo había sido. “Murió por los amigos y por la Patria”, le dijeron.

Dalal los vio entrar; venían con un cardiólogo y el cura Agustín. No hacía falta que le comunicaran nada; le bastó con ver al sacerdote.

“Padre -le dijo- ya abracé mi cruz...por qué no a mí”.

Han pasado muchas cosas en estos 37 años. Se ha escrito mucho sobre las consecuencias posteriores de Malvinas.

massadcuadro¿Cómo hicieron los Massad para reconstruirse desde lo más trágico que le puede pasar a un padre, a una madre?
Dalal y Said han hablado siempre, han dado testimonio, se unieron en causas con otros familiares. Se cuidaron mutuamente; cuidaron de sus hijas.

- ¿Cómo lo hicieron?
- Said: Fuimos elaborando el duelo de a poco. Con amor hicimos el primer piso y fuimos despacio creciendo, con fe; desde un principio quisimos estar bien.

- Dalal: Fue algo que nos nació de adentro, como pudimos. Nos ayudó que nunca estuvimos solos. En lo personal, la iglesia y Dios fueron mis refugios.

- ¿No sintieron bronca, resentimiento?
- Said: Nunca sentimos odio, con nuestra forma de ser fuimos transformando todo con amor. Si él tuvo la fortaleza de luchar por la patria, en el continente nosotros tenemos que luchar para la causa esté cada vez más arriba.

- ¿Frente a semejante tragedia han podido darle un sentido a la guerra?
- Said: La pérdida de un hijo es un dolor que nunca desaparece. Pero nos reconforta saber que él como tantos otros dio la vida y peleó por la Patria, por este país que un día le abrió las puertas generosamente a nuestros padres.

El cuerpo de Marcelo Daniel Massad yace en el cementerio de Darwin. Su nombre y apellido figuran en la cruz. Fue uno de los casi cien ex combatientes muertos en combate identificado recientemente luego de un prolongado proceso de negociación entre la Argentina y Gran Bretaña. Para lograr semejante desafío fue clave el trabajo de la Cruz Roja Internacional y del Equipo Argentino de Antropología Forense.

Los Massad al principio no querían avanzar en ese camino. Con el hecho consumado, lo agradecen. El año pasado viajaron y pudieron sentarse frente a su hijo, y llorarlo, “en la casita en donde ahora vive”.

Dalal y Said, su familia entera, nos dan ejemplo y testimonio de entereza, de valor, de cómo seguir adelante ante la adversidad. Con ellos, la guerra cobra un sentido diferente.

Como dice Coco: “La herencia se pasa de padre a hijo, en este caso él me dejó una herencia. Yo tengo que mantenerla latente y seguir luchando con cariño”.

MALVINAS ES UNA HERIDA ABIERTA QUE NOS INTERPELA, QUE NOS CONMUEVE DESDE LA PROFUNDIDAD HUMANA.

 dalal“Hoy prefiero pensar
que Dios me lo regaló 18 años”.

 

 

 

 


said“Ya está, la guerra quedó lejos. Busquemos la paz. Cristo murió por la humanidad, ellos murieron por la Patria”.

 

 

 

 


massadrosarioSangre en el Rosario

Jorge Suárez vio caer mortalmente herido a Marcelo Daniel en una ladera de Monte Longdon y se quedó con el doble rosario (uno blanco y otro oscuro) que llevaba colgado al cuello. Al volver al país, se lo entregó a los Massad. Para la familia es un objeto sagrado. “Tiene la sangre seca de mi hijo, y es lo único que regresó de él”, dice Dalal.

 

 

 


 “A Daniel, un chico de la guerra”

Es el título de la canción que el cantautor Alberto Cortéz compuso una vez que tomó conocimiento de la conmovedora historia. La letra en una parte dice:

“...Agotaba hasta el alba

las escasas noticias
de las islas lejanas.
Un indicio cualquiera... Daniel
un rumor que saltara
por pequeño que fuera
era ya la esperanza”.


Posted in Ediciones, La Revista.