Lo peor que nos puede pasar es el olvido

robertofunespor Dr. Fernando Mendyrzycki

La de Roberto Gustavo Funes es una de las tantas historias vinculadas a la guerra de Malvinas. Su relato descubre lo absurdo del conflicto bélico y humaniza a los protagonistas. En la actualidad, elige compartir su experiencia con el deseo de dejar algún mensaje a las nuevas generaciones.

No hay una historia única de Malvinas; hay tantos relatos como protagonistas de la guerra. Algo dijo en este sentido el periodista y ex combatiente Edgardo Esteban al prologar la antología “Las otras islas”, compendio de narraciones que ayudan a reflexionar sobre las consecuencias personales provocados por el conflicto bélico de 1982.

Sostiene Esteban que transcurridos más de tres décadas, lo que no nos puede pasar como argentinos es olvidar. Habrá reparación, justicia, cuando haya memoria. Semejante desafío exige una tarea cotidiana.

La experiencia del ingeniero Roberto Gustavo Funes nos remite a aquellos preceptos. A los 19 años vivió la antesala, el temor de los preparativos, el mes frenético en Puerto Argentino luego del desembarco. Fue testigo de su propia fragilidad, de sus fortalezas y, por sobre todo, del valor humano de los grandes héroes anónimos que estuvieron junto a él. Desde hace unos años entendió -en sintonía con Edgardo- que su misión es hablar, poner en palabras el drama, darle nombres y apellidos, para reconstruir el pasado y alumbrar el futuro a las nuevas generaciones.

Enero de 1982. Roberto cursa segundo año de la facultad y lo destinan al Hospital Aeronáutico de Pompeya para hacer la instrucción militar. Muy lejos estaban de su imaginación lo que vendría después. Oficiaba de camillero en las guardias. A fines de marzo, llega la orden de alistarse para, supuestamente, dirigirse a Tandil a realizar maniobras, término de la jerga castrense empleado para denominar a los ejercicios básicos de combate. El grupo lo completan el soldado Marcelo Naón (20), el enfermero Miguel Lucarelli (28) y el doctor Baruso (34). Les llama la atención que reciban ropa nueva y armas. El Boeing de las F.A. parte de El Palomar y aterriza en Plumerillo, Mendoza, donde suben oficiales. La nave orienta vuelo y aterriza nuevamente en Tandil; de ahí a Comodoro Rivadavia sin escalas.

En la base aérea de esa ciudad, sorprende a Roberto y al resto el escenario: aviones rasantes haciendo piruetas en el aire, movimientos de tropas, de insumos, de hombres. “Era -rememora- como estar dentro de una película”.
¿Información? Ninguna. Silencio total, hermetismo. Intuimos que ninguno de ellos se atrevía a preguntar temiendo conocer una verdad que los desvelara.
Las jornada siguientes estarán marcadas por la incertidumbre.

La noche del uno de abril, el doctor Baruso es convocado a una reunión de oficiales. Regresa con una orden: no decir nada. Pero por una razón “humanitaria” comparte el secreto, con la condición de que a ninguno se le ocurra “salir corriendo, escapar o hacer un llamado telefónico”.

“Argentina -les dice- ha tomado la decisión de tomar las Islas Malvinas”.
En la madrugada del día dos, tres Hércules despegarán de Comodoro Rivadavia. Los cuatro irán como soporte médico junto a los profesionales del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de la F. A. El plan era el siguiente: la Armada desembarcaría y ocuparía Puerto Stanley. El GOE iría como respaldo a la espera de instrucciones. Si los avisos no llegaban, la orden era proceder igual y aterrizar en las islas. Sin eufemismos, se les informó que podían suceder tres cosas: “que ya estén los nuestros al mando, que nos crucen un camión y recibamos miles de balazos al bajar el avión o que al tocar pista volemos por los aires”.

No sorprende, por eso, que la noche del día uno, Roberto escriba una carta de despedida a sus seres queridos: “a mis viejos, a mi novia y a los hijos que no iba a tener”. Conserva aún la hoja de cuaderno arrugado donde en cursiva afirma estar orgullosos “de lo que estoy haciendo en defensa de mi patria”.

Ese era el sentimiento general: que todo terminaría mal, y pronto.

El joven camillero colimba recuerda a los Hércules esperando en la pista de Comodoro, a los oficiales del GOE con gestos duros, caras pintadas, caminando como robots ensimismados. Y luego el ruido “espantoso” de las máquinas encendidas, los gritos guturales que los militares emitían para descomprimir tensiones. Un ambiente de “locura” encima de las aguas del Atlántico Sur en dirección a un destino incierto.

A la altura de las islas, las instrucciones no han llegado. Entonces los Hércules descienden apuntando a la pista del puerto.

malvinas01- ¿Tu primera imagen?
- Más que imagen, la seguridad de que estábamos jugados. Teníamos mucho miedo, pero no sólo nosotros, los benjamines del equipo. Ellos, los militares, también. Uno de ellos me dijo días más tarde, compartiendo unos mates: ´Miedo tiene hasta el más guapo, la diferencia es que a nosotros se nos entrena para superarlo´.

Flameaba en Puerto Stanley la bandera británica cuando los Hércules tocan pista. A lo lejos, unos soldados en posición de tiro. Al minuto, la señal de distensión: “No tiren, son argentinos”.

- Imaginamos el alivio...
- Fue una descompresión general, todos llorando abrazados en una mezcla de emoción y terror aún presente.

Roberto participa de las primeras acciones, hasta las más simbólicas: desde arriar el pabellón inglés, a cambiar el cartel de Falklands por Islas Malvinas.

Los ingleses han escapado y en paralelo al despliegue de hombres, el grupo que integra Roberto tiene a su cargo instalar lo más rápido posible una enfermería. A los días llegarán refuerzos: médicos, camilleros, enfermeros y recursos varios para armar un hospital de campaña.

- ¿Qué información tenían ya para entonces?
- No mucha. En lo que a nosotros concernía, que se acelerarían las gestiones para montar el hospital en un colegio de Puerto Argentino. Y la fría y escueta comunicación de que íbamos a tener una guerra.
El cuerpo sanitario montó además, al costado de la pista, una carpa gigante para servir de puesto de socorro con sueros, camillas, sangre y tubos de oxígeno. La mole de tela gruesa aguantará los bombardeos y sobrevivirá al conflicto de pie.

- ¿Eran conscientes del peligro?
- A cada rato, era imposible sustraerse de ese entorno, de lo que vendría.

malvinas02En ese mes de abril sucedió de todo. Roberto recuerda con detalles los días de tensión y trabajo permanente en el frío inclemente de Malvinas, donde el tiempo cambia al minuto y las ráfagas de viento raspan la piel.
Al término del mes, los cuerpos de Marcelo Naón y de Roberto dicen basta. Una neumonía crónica los pone en zona de riesgo; y la directiva es enviarlos al Hospital Aeronáutico de Comodoro.
El destino les hace un guiño de suerte, porque no volverán a las islas.

La guerra estalla el uno de mayo.
Tras la rendición argentina, a mediados de junio, Roberto sigue en el servicio militar nueve meses más. Asiste en el Hospital Aeronáutico de Pompeya a los soldados que sobreviven con graves heridas en cuerpo y alma.
Desde entonces, la causa Malvinas lo ocupa todo el tiempo.

- ¿Hay algún día en el que no te aparezca ninguna imagen o recuerdo?
- No. Malvinas está presente siempre, la tengo permanentemente adentro.

- ¿Los efectos de esta experiencia influyen en tu vida cotidiana?
- A cada momento. Cuando volví, lo primero que hice fue casarme. Conformé una familia y así cumplí un sueño. Pero debieron pasar muchos años hasta que pude hablar, compartir e intentar de ese modo dejar algún mensaje. Busqué a aquellos con los que había estado en las islas y de a poco fuimos armando una fraternidad, un espacio de reflexión, por el bien nuestro y para aportar algo a los demás, especialmente a los chicos.

- ¿Cómo lo hacen?
- Ahora por ejemplo estamos preparando en la Biblioteca Antonio Mentruyt de Lomas -de la que soy presidente-, una obra de teatro con adolescentes. Es la historia de un maestro que decide ir a la guerra aunque había sido dado de baja; porque de lo contrario no podría estar al frente de un aula para enseñar que Belgrano y San Martín dieron su vida por la Patria. Muere en combate. Además de esto damos charlas en escuelas

- ¿Qué les transmiten a los chicos?
- Les decimos que en ese momento, la Patria era nuestro compañero, que debíamos cuidarnos y cuidar al otro; que la guerra es traumática pero nos deja enseñanzas positivas; que vivimos en un país donde el 30 por ciento de la población vive bajo la línea de la pobreza y que para salir adelante tenemos que ser serios, esmerarnos, preocuparnos por los que menos tienen y hacer las cosas lo mejor posible. Les decimos que si alguna vez queremos recuperar las islas en forma pacífica y lograr que los ingleses de ahí quieran ser argentinos, tenemos que conformar primero un país como la gente.

- ¿Cómo repercute esto que hacen en lo personal?
- Para nosotros es una tarea sanadora.

- Alejados en el tiempo, ¿encuentran un sentido a una guerra que a todas luces arrasó con una generación?
- Coincido con esa idea. Fue un absurdo. Los militares pensaban que seguirían en el poder si triunfaban en Malvinas. Nosotros fuimos parte de esa locura, pero no tomamos decisiones; sufrimos y cargamos con las consecuencias. Yo estuve 30 años sin poder hablar, salvo en mi ambiente más íntimo. Un día logré salir de ese encierro para poder encontrar a mis compañeros y compartir el ejemplo de tantos hombres que tuvieron acciones humanas heroicas.

- A tantos años, ¿Cómo vivís este presente?
- Es un momento muy particular, en donde la lógica dinámica de la historia nos sigue poniendo en el lugar de los hechos pero de otra forma; quizás para seguir buscando respuestas, como si continuáramos armando un rompecabezas. Por eso pensamos el día a día, es inevitable, y nos reunimos los veteranos para conversar, hacer catarsis, revivir instantes increíbles, tratando de superar situaciones dolorosas. Es imposible no pensar.

- ¿Le ven un sentido a Malvinas?
- Para mí la guerra no sirve para nada. Es una aberración. Pero para aquellos que estuvimos ahí late en forma permanente el recuerdo de las acciones heroicas de jóvenes que luego terminaron, algunos, pidiendo limosnas en los trenes. Creo que hay que resignificar todo, encontrarle la vuelta, el lado positivo. En Malvinas murieron más de 600 personas y hubo luego casi la misma cantidad de suicidios. Por eso siento que este camino que emprende mucha gente, compartiendo experiencias, es un mecanismo de protección que nos va sanando con el anhelo de dejar un ejemplo a los más chicos.

En el prólogo de “Las otras islas”, Edgardo Esteban afirma que a lo largo de más de tres décadas, su misión fue “rescatar la parte humana de la experiencia de aquellos días en las islas, cuando muchos intentaban silenciarla o esconderla”.

De eso se trata, entonces, lo que también propone Roberto: no darle nunca más la espalda a Malvinas. “Lo peor que nos puede pasar es el olvido”, repite hasta el cansancio.

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