La ocupación de California

 por Diego Videla

BouchardCuando nació fue Hippolyte, porque justamente abrió los ojos por primera vez al mundo en Saint Tropez, Francia, en 1780. Como tantos otros europeos, vino para estas tierras americanas con deseos de aventura y, ya instalado, pasó a ser directamente Hipólito. La historia argentina le debe por su tarea patriota el reconocimiento con nombre completo: Hipólito Bouchard.

En 1798 entró en la armada francesa para pelear contra los ingleses. Vino a Buenos Aires en 1809 impulsado por las ideas libertarias que había en América. Ofreció su ayuda y se lo nombró comandante de la flamante flota nacional. Comandó la batalla naval de San Nicolás, se enfrentó a la escuadra española que bloqueaba el puerto de Buenos Aires en 1811. En el medio se sumó a las fuerzas de San Martín que combatieron en San Lorenzo. Cuando regresó a la armada -porque lo suyo no estaba en tierra firme- acompañó al Almirante Guillermo Brown en la expedición corsaria al Pacífico.

De eso se trataba también la lucha por la independencia en esa época. Los libros se dedican, y con razón, a exaltar el papel de los héroes arquetípicos como el mismo San Martín o Belgrano; pero no dan el relieve justo a personajes como Bouchard que parecen extraídos de un relato de ficción y llegó a darse el gusto de ondear el pabellón nacional en California. Así como suena.

No es cuento. Para protagonizarlo primero había que tener patente de Corso. Él la tenía. Además, contar con alguien que financiara la campaña. Aquí surge otro ilustre desconocido, el doctor Vicente Anastasio de Echeverría, abogado y patriota, dueño del capital económico suficiente para pagar los gastos que insumía vagar por las aguas oceánicas para hostigar naves realistas. Echeverría puso el dinero y la fragata Consecuencia, tomada a los realistas en Callao, fue restaurada y puesta a nuevo para llamarse, de ahí en más, La Argentina.

Un dato no menor. Bouchard tenía algunas cuentas pendientes con los políticos de Buenos Aires -podría ser tema de otro artículo- y no veía con malos ojos salir pronto de una ciudad en la que lo acuciaban de pleitos e intrigas.

La Argentina zarpó finalmente el 9 de julio de 1817 con la misión de perseguir barcos realistas y obstaculizar el tráfico marítimo español con su colonia. Pero además, con el propósito de dar a conocer la noticia de la independencia y colaborar con la emancipación de otros países alrededor del mundo.

No fue sencillo armar semejante empresa. Se necesitaban 180 hombres al mando de un hombre que no tenía buena prensa. El francés era de un carácter extremadamente duro, imponía tal temor y respeto que costaba conseguir marinos. Los oficiales fueron: el capitán Nathan Sommers; William Sheppard y Colvert Thompson; el cirujano Bernardo Copacabana; los pilotines Tomás Espora, Juan Agustín Merlo y Andrés Gómez. Se enlistaron en su mayoría extranjeros para completar la tripulación y el resto provenía de las provincias de Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires. Casi todos sin antecedentes. Lo increíble: iban a dar la vuelta al mundo sin haber estado nunca en el mar.

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Con proa al Cabo de Buena Esperanza, la embarcación emprendió un periplo con estadías en Madagascar, India, Océano Indico, Filipinas, Borneo, Java, Macasar, Las Célebes...
Ya en Madagascar la tripulación se topó con un enemigo inesperado: el escorbuto. La enfermedad se extendió más de lo esperado y el cirujano a bordo apeló a un procedimiento primitivo de cura que consistía en enterrar a los enfermos en agua fangosa, dejándoles sólo la cabeza al descubierto. De esta manera, los que no estaban graves se curaban, mientras que los muy afectados aceleraban su fin.

Aún diezmada en gente, La Argentina siguió navegando en territorio hostil, pero salió airosa para hacer frente a los piratas malayos. Una vez en aguas de Manila, encontró lo que anhelaba y en dos meses de bloqueo incesante, la tripulación comandada por Bouchard pegó duro en el corazón del poder español hundiendo dieciseis barcos y apresando a 400 realistas.

En dirección a Oceanía hizo una escala en Hawaii. Ahí se enteró que el rey Kameha Meha se había apropiado de un barco argentino, la corbeta Santa Rosa, cuya tripulación se había amotinado en Chile y luego se dedicó a la piratería. Bouchard se reunió con Kameha Meha y acordó la devolución del navío mediante el pago de una indemnización.
El cabecilla de la revuelta, el marinero Enrique Gribbin fue juzgado y ejecutado en forma sumaria. Lo más importante sucedió días más tarde, cuando el rey y el capitán argentino terminaron sellando un pacto entre ambas naciones en donde Hawáii reconocía el carácter autónomo de la Argentina, siendo éste el primer estado en hacerlo.

Bouchard y sus hombres volvieron al mar en octubre de 1818 con La Argentina y la corbeta recuperada, que pasó a llamarse Chacabuco. Siguiendo las huellas de sir Francis Drake, la flotilla fondeó el 22 de noviembre en las costas de Monterrey, Nueva California, entonces posesión española. La zona era rica en recursos mineros y además la información disponible era que las baterías del puerto en la bahía estaban desmanteladas y que la población no estaba preparada para la defensa del lugar. Situada entre monasterios y presidios remotos, la fortaleza tendría unos 600 habitantes y el ejército realista reunía allí unos 400 hombres.

El plan de Bouchard era el siguiente: enviar a la corbeta Chacabuco con bandera americana al frente y luego entrar con la fragata La Argentina y así tomar el fuerte. Pero la corbeta encalló antes de llegar al punto de desembarco. William Sheppard, su capitán, dándose cuenta que no podía desembarcar pero tampoco retirarse, ordenó izar la bandera argentina y abrir fuego. Pero, merced a las 18 baterías apostadas en la costa, Sheppard se rindió rápidamente. Bouchard observó de lejos la transitoria victoria de los españoles que más que eso no podían hacer debido a la carencia de sus recursos.
Los realistas no tenían barcos para hacerse del motín de la nave vencida. Y mientras festejaban a la noche, los marinos de La Argentina rescataron a sus pares sobrevivientes del Chacabuco.En la mañana del 24 de ese mes, la infantería argentina desembarcó a unos cinco kilómetros del fuerte, se abrió paso sin demasiados problemas, redujo la mínima oposición que halló en su camino y tan solo dos horas le bastaron luego para tomar la plaza.

En su diario personal, Bouchard cuenta que fue un cobrizo guerrero hawaiano el que arrió la bandera española e izó la celeste y blanca. “A las 8 horas desembarcamos, a las 10 era en mi poder la batería y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza”. Así escribió también de puño y letra en su bitácora.

La llegada de los corsarios argentinos dejó su huella durante la ocupación, que duró seis días. Conquistada la plaza, los que pudieron escaparon. “Bouchard saqueó lo que quedaba y prendió fuego el resto”, afirmó el historiador Peter Uhrowczik (*) quien se ocupa de minimizar la importancia del hecho. Dice: “lo que ocurrió fue algo pequeño. Bouchard y sus hombres desembarcaron, marcharon y capturaron el fuerte sin resistencia porque los españoles usaron su estrategia típica de retirarse hasta que se marcharan los agresores”. Algunos recuentos marcan que el gobernador español Pablo Vicente de Solá sólo había dejado allí 25 soldados para enfrentar a unos 200 marinos.

Una vez reparada la corbeta Chacabuco, el raid continuaría hacia el sur arrasando otros poblados de California, entre ellos Santa Bárbara. El 25 de enero de 1819, la flota argentina bloqueó el puerto de San Blas y atacó Acapulco de México.

En Guatemala destruyó Sonsonate y capturó bergantines españoles. En Nicaragua, tomó Realejo, el principal puerto español en los mares de Sur, y se apoderó de cuatro buques  españoles. De ahí siguió hasta el Perú. Las naves comandadas por Bouchard arribaron el 9 de julio de 1819 al puerto de Valparaíso con un cuantioso botín. A tiempo para integrarse a las fuerzas que preparaba San Martín para tomar Lima por mar.

Fuentes:
- El corsario del Plata. Daniel Cichero.
- La historia que no nos contaron. Pacho O´Donnell.
- La quema de Monterey: el ataque a California
de 1818 por el corsario Bouchard.
Peter Uhrowczik.


El dato

Algunos dicen que el paso de Bouchard por el Caribe fue muy significativo y sus ideas libertarias prendieron en muchas regiones. Tanto que varios países tomaron el celeste y blanco para crear sus banderas nacionales: El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua.

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