Fugaz remanso de Rubén Darío en Martín García.

ruben-dario-2 por Diego Videla

El hombre que puso en alto la poesía era un viajero del mundo. Imprimió a esa vida errante el espíritu ferviente que volcó a las estrofas que lo hicieron universalmente conocido. Era, además, un bebedor incansable.

El nicaraguense de la ciudad de León nunca pasaba desapercibido. En los escenarios tumultuosos donde se había involucrado en revoluciones y levantamientos en pos de la unidad de América Central; en Estados Unidos cuando rindió tributo a Martí; y obviamente con su aporte innovador a las letras, especialmente desde el lanzamiento de su libro “Azul”, que marca un antes y un después en la poesía en lengua española. Eso sucede en la ciudad chilena de Valparaíso, en 1887, época en que el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo lo describe como alguien que, “a primera vista, lo que menos parece es un poeta”, agregando: Su cuerpo débil y flexible, su rostro fresco de campesino, su cabellera peinada a la burguesa, su nariz pequeña y recogida, su boca sensual de labios rojos, su bigote blando y rizado, su manera elegante de vestir, todo contribuye a darle cierto aire indefinible de hombre de negocios”.

Buenos Aires recibe a Rubén Darío seis años más tarde, como un rey. El presidente de Colombia, Rafael Núñez, lo había nombrado cónsul y llega a la capital argentina con enormes expectativas. Los diarios lo retratan con pompas: “Vestía a la última moda y su indumento llevaba el marchamo de París.

En cuanto a su equipaje, ahí estaban, para quien quisiera verlas, sus suntuosas maletas, transportadas por su valet”. Se hospedó en el Gran Hotel de la calle Florida y su instancia fue intensa desde el primer momento, asistiendo a salones literarios, reuniones sociales, o participando de tertulias infinitas en los cafés de la ciudad. En la efervescencia de una atmósfera cultural latiendo a pleno, el nicaraguense es, a la vista de los entendidos, el profeta de esa nueva escuela que se llama Modernismo.

Pero un día se conoce la noticia menos esperada. La muerte de Nuñez en Bogotá en 1894 es precedida por un gobierno de caras nuevas que, entre tantas decisiones, cierran el consulado en Buenos Aires. La vida de ensueño se desploma en picada y el escritor deberá apelar a los artículos en La Nación para sustentarse el dinero suficiente como para recomponerse. El fallecimiento de su protector lo reubica en una realidad menos glamorosa y la mala racha se extiende al punto de que debe pedir ayuda extra. La mano amiga le llega a tiempo y el poeta que arribó al Olimpo de los dioses paganos, termina clasificando cartas en el correo.

Los efectos de la prolongada bohemia y los excesos con el consumo de alcohol desde la adolescencia, sumado a la ruptura de su matrimonio con Rosario Murillo, alimentan su cuadro depresivo y es ahí cuando su amigo el poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre lo rescata, lo envuelve en su propio abrigo y lo embarca hacia Martín García para probar un tratamiento de desintoxicación en el sanatorio que comanda en la isla el doctor Prudencia Plaza. Parten una madrugada de abril de 1895 desde la Boca en un vaporcito. Darío, “desaliñado, de barbita ‘florida’, jacket azul y pantalones grises”, deja constancia de las sensaciones que le deparan ese breve viaje: “Buen tiempo. Partimos a las ocho de la mañana. Buenos Aires se va alejando de nuestra vista. Se ve enfrente la enorme masa de construcciones de la ciudad, a la izquierda la larga mancha verde de las costas de Quilmes, a la derecha el río, que hace de horizonte”.

Amigo de poetas y apasionado de la música clásica, el doctor Plaza es la persona indicada porque además de médico, ejerce con el joven paciente una tarea terapéutica bien personal, amalgamada en prolongadas conversaciones profundas y sentidas. Darío se recupera en ese ambiente natural, sereno y ordenado. Camina horas, de mañana y de noche; descansa, come bien, lee profusamente, y escribe, por supuesto. Cumple con sus colaboraciones semanales en La Nación, escribe cartas, anotaciones...y cuando el diario le pide un texto alusivo al 25 de Mayo, da a luz el famoso poema “Marcha Triunfal”, que recibe elogiosas críticas inmediatamente.

Ostensiblemente mejorado, tras un mes y medio regresa a Buenos Aires y casi de inmediato parte para Europa como corresponsal del diario fundado por Mitre.

Pero aquella breve y oxigenada etapa en Martín García fue apenas eso, una fugaz excepción en el camino.

Mucha agua correrá debajo del puente pero sobre todo mucho alcohol por el organismo del escritor en los años siguientes, desencadenando en la agonía provocada por la cirrosis hepática que acaba con su vida en febrero de 1916.

Fuentes:
Agonía, muerte y funeral de
Rubén Darío, La Prensa.
Al pie de la letra, Álvaro Abós.
La isla Martín García, Jaimes Freyre
y Rubén Darío - Diario Pagina Siete


ASÍ ESCRIBIA

Firmadas con el seudónimo Levy Itaspes, el poeta redacta tres crónicas en el diario La Nación en las que refleja su experiencia en Martín García. Se publican entre el 10 y el 22 de mayo de 1895. En la última, titulada “Viaje alrededor de la isla”, dice:  “Bajo una dulce y dorada luz de la tarde, al frente, a nuestros pies, el barranco, abrupto, en el cual las lluvias han formado senderos retorcidos por donde bajan las lavanderas a la orilla del río, dejando a un lado las canteras abandonadas, montones de guijarros, resaca y deshechos camalotes que trae el río en su corriente; en segundo término, el río, gris, con la faja plateada de la canal; en el fondo, las islas del Delta del Paraná.”

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