Vivir, sobrevivir

andes01Diego Blanco, abogado, y el doctor Carlos Eduardo Marino, miembro del Círculo, comparten una pasión común por la milagrosa historia ocurrida en 1972 en la cordillera de Los Andes que tuvo, como protagonistas, a jóvenes deportistas, familiares y amigos. Tanto que todos los años viajan al lugar donde durante 72 días, los 16 sobrevivientes de aquel episodio lucharon para superar la adversidad.

Viven. Luego de 72 días de incertidumbre, desesperanza e incredulidad, la noticia recorrió el mundo y fue tapa de todos los diarios. La increíble historia de los rugbiers uruguayos que sobrevivieron al inclemente entorno de la cordillera de Los Andes, contra cualquier pronóstico, abrió entonces, también, un debate de carácter moral. Nada inusual para uno de esos hechos que se suelen subrayarse para aseverar que a veces la realidad supera a la ficción.

Pasan los años y el impacto emocional, en los protagonistas y en la gente en general no cede. Una combinación de elementos han sido suficientes para abonar el caldo de cultivo que pone a la condición humana al límite. Pero sobrevivir, en cualquier mirada, no siempre tendrá la misma connotación. Sobrevivir como hazaña en un contexto despiadado, donde el hombre es un minúsculo ser en el medio de la poderosa naturaleza. Ya veremos.

Por ahora repasemos la historia, de la que tanto se ha hablado y poco se conoce; sobre la cual se han escrito cientos de libros, se han rodado películas, se han brindado conferencias. Pero que sigue conservando secretos. Porque justamente sobrevivir tuvo su costo, y eso ha sido durante mucho tiempo el combustible que ha encendido conjeturas, distorsiones, empatía también. Sentimientos encontrados, como en cada circunstancia que excede lo ordinario.

El milagro de la cordillera sucede a fines de 1972. Un avión de la fuerza aérea uruguaya parte del aeropuerto de Carrasco con 5 tripulantes y 40 pasajeros, la mayoría jóvenes jugadores de un equipo de rugby -Old Christians- junto a familiares y amigos. El destino era Chile, donde jugarían un partido amistoso en Santiago. El Fairchild Hiller 227 hace una parada en El Plumerillo, por el amenazante mal tiempo. A la tarde del día siguiente continúa vuelo pese a que los pronósticos no eran alentadores. En plena cordillera, la tormenta y la violencia de los fuertes vientos afecta el rumbo y desacelera la velocidad de la nave, lo cual induce en un error de interpretación de la posición de los pilotos -avalado fatalmente por los controladores aéreos-. En medio de las nubes y valiéndose de los instrumentos de navegación el avión emprende un descenso cuando aún no había sobrepasado las alturas rocosas. De pronto se encuentran con una pared enorme de piedra y a poca distancia. El piloto hace un enorme esfuerzo por elevar el aparato pero no alcanza, dándose inmediatamente una serie de embestidas contra los riscos de las cumbres en un punto situado entre el cerro El Sosneado y el volcán TInguiririca, del lado argentino de la frontera. Se produce un desprendimiento de la cola y las alas, quedando el fuselaje casi entero que, por las cuestiones del destino, se desliza por una pendiente a gran velocidad hasta que un banco de nieve lo detiene violentamente. Por efecto del accidente o lesiones provocadas, trece personas mueren y luego se suman nuevas víctimas que habían quedado gravemente heridas. De ahí en más, las 27 personas restantes deben enfrentarse a las peores condiciones posibles: un ambiente hostil en pleno valle de nieves eternas, temperaturas extremas bajo cero, con pocas provisiones, sin la ropa adecuada, muchos visiblemente afectados.

El universo se paralizó, pero sin dimensionar hasta ese momento la magnitud de lo que vendría después. Cuando se produjo un inesperado desenlace -salvo para unos pocos optimistas- 72 días más tarde, el caso sacudió aún más todavía a la opinión pública poniendo en juego sentimientos profundos, principios morales y éticos, religiosos...

blancoDiego Blanco es abogado y cuando tenía 17 años, en el viejo edificio del Círculo Médico le prestaron un libro titulado “Viven”, que reconstruye el episodio en base a testimonio de los que lograron salir con vida de ese calvario y fue, en esa época, una obra traducida y leída en todos los continentes. Quedó atrapado por el relato, por el reto sufrido por aquellas personas sumidas en el peor de los escenarios. Algo similar le sucedió al doctor Carlos Eduardo Marino, otorrinolaringólogo, miembro de la entidad y ex combatiente del teatro de operaciones de Malvinas.

Por separado, ambos se transformaron en apasionados estudiosos del tema, bucearon en los laberintos más intrincados, hicieron todos los esfuerzos para conocer de mano el sentimiento de los actores principales del hecho, se nutrieron de vivencias que les permitieron sentir en carne propia aquel horror en plena montaña.

El destino, un día, por azar, los reunió y de esa conjunción de sensaciones gemelas se potenciaron mutuamente para ir por más. Hoy son más amigos que nunca y cómplices de una fascinación que, hasta por momentos, consideran difícil de explicar. Como lo es, sencillamente, poner en palabras lo que se respira en esa soledad inmensa del vientre del Glaciar de las Lágrimas donde los uruguayos escribieron su odisea.

La Revista los convocó para detallar la crónica pero más que nada para entender qué los ha convertido, como a tantos otros en el mundo, en volcánicos mensajeros y, a la vez, testigos, porque se han permitido, ya en varias oportunidades, viajar al lugar y pernoctar, en el marco de expediciones a pie o a caballo no masivas y explotadas con el consentimiento de los malayos, actuales dueños del territorio en el distrito mendocino de Malargue.

Nos lo cuentan con elocuencia, transmiten y uno los puede ver, atravesando senderos y riachos hasta llegar al sitio donde está la cruz, a cuyo pie, bajo tierra, yacen los cuerpos de los muertos en una fosa común. Los imagina contemplando ese vientre en la cordillera, la majestuosidad de los picos, los efectos del cambio climático que ponen el descubierto restos de todo tipo; se entiende cómo así, sin señal -salvo un teléfono satelital y con la compañía de baqueanos expertos, ambos alcanzan a percibir el dolor, el sufrimiento, renuevan la reconstrucción del evento y, al mismo tiempo, encuentran su propio lugar en el mundo.

Al narrar sus vivencias in situ, pueden ayudarnos a ir hilando qué pasó en los días posteriores a aquel trágico 13 de octubre de 1972. Carlos subraya la palabra liderazgo para comprender que, en semejante realidad, alguien o algunos debían tomar decisiones. La asumió el capitán del equipo, Marcelo Pérez del Castillo, pero un brutal alud ocurrido el 29 lo mató junto a otros y entonces, esa conducción fue alternando hasta aparecer en escena Roberto Canessa y Fernando Parrado. Este último, dice Diego, era tímido, “uno del montón” y pudo superar una fractura de cráneo de un modo que hoy la ciencia hasta explica en detalle. Canessa era estudiante de primer año de medicina “pero con unos conceptos clarísimos” según apunta Carlos. Ellos dos, por razones que sólo se explican en el medio de una crisis casi terminal, “toman las riendas de la organización” y junto al resto en condiciones de apuntalar las acciones, consuman aquello sobre lo que se escribió una vez y dio en llamarse la “Sociedad de las Nieves”. En síntesis, enhebraron una estructura con roles y funciones, para valerse de lo escaso a disposición con el objetivo de subsistir pese a los pronósticos. Así repartían tareas en base a posibilidades concretas. No es premisa de esta nota detenerse en los detalles. Lo significativo que nos cuentan los entrevistados son los actos particulares, esos que prueban, según ellos, los valores que mueven a los hombres frente a la adversidad. Ahí uno empieza a entender esto que les pasa, eso que Carlos se anima a calificar como un TOC para él: “Canessa, en un acto heroico le saca a Enrique Platero un tubo que tenía incrustado en el abdomen y lo venda con una camiseta, sin que se infectara ni nada; luego Platero murió pero por una contingencia climática”.

- Eso te marcó visiblemente...
Carlos: La vocación la arrastraba desde pequeño, pero aquél acto médico me hizo definir mi profesión, y tuve el privilegio de decírselo a Roberto en persona.

A Diego lo sedujo la historia de los Andes “en ese preciso momento en que uno empieza a ser hombre y busca el norte hacia dónde dirigir su vida”. Lo atrapó “este accidente con tantos muertos y ver las fotos que los que permanecían vivos tenían tiempo de tomar mientras luchaban contra la muerte”.

Diego, cuando pasa una o dos noches en aquel valle donde el cielo es de un azul intenso y las estrellas cobran sentido, repasa lo que leyó y le contaron mil veces.

Nos muestra entonces imágenes de entonces y las compara con las que él mismo sacó durante las expediciones anuales que agenda obligatoriamente en su calendario. “Ven -dice- el fuselaje del avión quedó luego de bajar como en un tobogán amparado en un vientre que hace la montaña, algo milagroso porque de otra manera hubieran quedado sometidos a mayores vientos y peores condiciones climáticas”. Explica que la avalancha de nieve del día 29 fue por partida doble, primero por detrás y luego de costado, que la nieve sepultó a los que salieron ilesos en un pequeño espacio. Para subsistir, apelaron a realizarse masajes, golpearse para acelerar la circulación de sangre, hasta que debieron abrir pequeños orificios por encima del techo cuando percibieron que el oxígeno menguaba.

andes02Diego, cuando pasa una o dos noches en aquel valle donde el cielo es de un azul intenso y las estrellas cobran sentido, repasa lo que leyó y le contaron mil veces. El orden de los acontecimientos es lo de menos. Lo cierto es que puede apreciar la voluntad dosificar los mínimos recursos, intentar comunicarse con el exterior, ayudar a los más débiles. Se pregunta qué habrá pasado por la cabeza de esa gente cuando, por radio, se enteraron de que a los diez días del accidente, las autoridades los daban por muertos y cancelaron la búsqueda.

Lo mira a Carlos, y ambos se complementan en datos y nombres. Van y vienen del pasado al presente. Ese lugar no está igual que hace más de cuatro décadas pero, comentan al unísono, conserva una energía especial. La que quizás sembraron, unos más, unos menos, los 16 que seguían allí luchando cuando diciembre trajo los primeros calores y la nieve comenzó a retroceder.

La controversia se centró siempre en cómo lograron sobrevivir, apelando a los nutrientes que sólo podían encontrar en los cadáveres conservados por las gélidas temperaturas. Diego apunta que es verdad que “el morbo de la alimentación” centró la atención una vez que se supo que los uruguayos seguían vivos.

- ¿Hoy pasa lo mismo?
- Ahora la visión es totalmente diferente, diría que es lo que menos interesa. Para mí en aquel momento fue la manera de tapar el hecho escandaloso de que la fuerza aérea uruguaya se ’comiera’ semejante accidente y luego la realidad de que a los 72 días se supiera que 16 personas habían sobrevivido cuando a los 10 días ya los daban a todos por muertos y suspendieron la búsqueda.

Carlos, que leyó “Viven” más de 20 veces y piensa seguir yendo al sitio de la “tragedia y el milagro” mientras “me dé el cuerpo”, asiente y sin eludir el ríspido tema, incluso le da una explicación desde la visión que aquel grupo tuvo para “racionalizar” y “pensar” con conocimiento cómo aprovechar al máximo las proteínas y nutrientes necesarios para mantener los cuerpos activos.

Jugados por todo, Canessa, Parrado y Antonio Vizintin se aventuraron a una travesía final para buscar ayuda; se proveyeron de lo necesario. En un tramo, Vizintin sufrió una herida y entre los tres decidieron que volviera. Cometieron un error, suponiendo que estaban de lado chileno, se orientaron hacia el oeste, sin darse cuenta de que para lograr el propósito, debían atravesar las altas cumbres cordilleranas. Fueron diez días de caminata para Parrado y Canessa hasta que finalmente llegaron a un valle verde, se encontraron a un arriero, se dio aviso a las autoridades, y un helicóptero rescató a los 14 restantes.

“Es una historia de heroísmo, de convivencia, de espíritu de grupo”, señala Carlos, quien ha ido como Diego a conferencias, a la casa de algunos de los sobrevivientes.

- ¿Qué registro tienen de lo que vivieron?
- Diego: Cada uno tiene su personalidad y lo exteriorizan de manera diferente. Algunos son más histriónicos y se han abierto a compartirlo, otros nunca han querido hablar, muchos lo aplicaron en su estilo de vida ayudando, y están los que han sacado provecho transformando la popularidad en una actividad
económica.

Carlos afirma que el paso de los años ha servido de catalizador de sentimientos y que cada uno lo ha podido sobrellevar lo mejor que pudo. Sostiene que su profesión de médico le permite descubrir el carácter, la particularidad que los distingue por sobre lo general. Siente cercanía con unos y otros no le merecen mucha simpatía. Sí reconoce que “lo inmediato debe haber sido bravísimo para todos”.

- Es que después de semejante vivencia...
- Hay que ponerse en la piel de esta gente. Imaginemos el stress post traumático que padecieron. Roberto “Bobby” Francois nunca más se subió a un avión, por ejemplo, y lo paradójico es que su hijo es piloto comercial. “Bobby” es un técnico agropecuario que se recluyó en el campo y no quiere saber nada de nada.

- ¿Por qué lograron salvarse algunos? ¿El hecho de ser deportistas los habrá ayudado?
- Carlos: Lo deportivo puede influir, tengamos en cuenta que los dos que hacen la travesía final a matar o morir eran del equipo de rugby. La preparación física ayudó pero creo que también la mentalidad, el conocimiento; algunos sabían de fisiología y pensaron metódicamente cómo los restos humanos les iban a servir de nutrientes.

- Diego: Yo escuché a muchos hablar del rugby como común denominador y a otros decir que no o restarle influencia. Mi opinión personal es que no fue menor que se tratara de un vuelo charter que transportaba personas que tenían un nexo común, familiar, de idioma, religión, costumbres. Había un hilo conductor que los mantuvo unidos.

“La fuerza sobrenatural que se respira -subraya Carlos-, para mí, donde habita Dios, hacen de esa naturaleza mi propia Meca, mi retiro espiritual anual. No tiene precio estar ahí”.

andes03Por encima de las circunstancias, se destacan justamente los valores que ambos, resaltan como vitales para iluminar el recuerdo. “El valor y las ganas de vivir, la entrega”, dice Carlos. “Lo que los salvó a ellos fue el darse el todo por el todo, desde el calor humano para no morirse congelados hasta darse golpes para que la sangre circulara”. Y coinciden, sin juicios de valor, que en definitiva hasta los que “fallecieron ayudaron a que el resto viviera”.

La pasión no les hace perder la mesura. Tienen claro que hablar de la tragedia de los Andes también es hablar de temas delicados. De los viajes a la zona llevan grabadas también imágenes sensibles, que por respeto nunca publicarán.

Ese rincón escondido entre enormes picos de piedra mantiene una conexión íntima que sólo pueden entender los protagonistas y gente que como Diego o Carlos, lo han convertido en su lugar en el mundo. “La fuerza sobrenatural que se respira -subraya Carlos-, para mí, donde habita Dios, hacen de esa naturaleza mi propia Meca, mi retiro espiritual anual. No tiene precio estar ahí”.

Ya veremos decíamos al principio cuando hablábamos de cómo hasta las palabras no siempre tienen la misma connotación. Nos referíamos precisamente al verbo sobrevivir, que tantas veces se repite en esta historia. Diego, que siendo adolescente buscó en ella algunas respuestas interiores hoy, a sus 47 años, sólo tiene ganas de ir a ese glaciar de Lágrimas, como un ritual inevitable, porque allí se encuentra a sí mismo. “Acá sobrevivo”, dispara con sinceridad cruda.


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