La trágica fiebre amarilla de 1871

 por Diego Videla

Fiebre_Amarilla

Juan Manuel Blanes. Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires (1871)


Fue letal y tomó por sorpresa a la ciudad. Más de 14 mil personas murieron. Afectó principalmente a los más pobres.

Tenía 76 años cuando el 8 de abril 1871 moría en Buenos Aires el doctor Francisco Javier Muñiz, víctima de la fiebre amarilla que había contraído mientras atendía a las miles de personas afectadas por la epidemia de aquel luctuoso año para Buenos Aires.

Recién en 1881 el cubano Carlos Finlay descubrió que era el mosquito aedes aegypty el agente transmisor de la enfermedad, pero entonces, en la ciudad puerto argentina, el desconocimiento, mezclado con una dosis letal de imprudencia y desidia, convirtió a una urbe en expansión en el foco de una tragedia silenciosa y letal.

Se supone que los portadores de la peste fueron los soldados que regresaban de la Guerra del Paraguay; y que la conjunción de varios factores (hacinamiento, falta de servicios esenciales de agua corriente y cloacas, carencia de higiene) multiplicaron las consecuencias dramáticas a márgenes impensados.

Las primeras señales de alarma llegaron en enero. El día 27 fueron registrados tres casos por el Consejo de Higiene Pública de San Telmo. Las autoridades de la ciudad debieron haber aprendido la lección que dejó la epidemia de cólera de 1867/88, pero los hechos terminaron demostrando lo contrario. A pesar de la advertencia de algunos médicos (Montes de Oca o Wilde, por ejemplo), los funcionarios de turno minimizaron la realidad. Cuando quisieron reaccionar ya era tarde, porque la enfermedad, que se hizo presente en forma silenciosa, se propagó con una velocidad inusitada.

Buenos Aires tenía por entonces unos 200 mil habitantes, la mitad eran extranjeros, especialmente italianos y españoles. Según las descripciones de la época, las calles de la ciudad eran una calamidad. Aguas servidas, pantanos, perros y caballos muertos, que durante días se pudrían bajo los rayos del sol. No había servicios sanitarios, ni sistema de cloacas ni condiciones mínimas de higiene. Los saladeros eran focos infecciosos que no se removían por razones económicas. Ya para entonces el célebre Riachuelo era una cloaca infecta que los gobiernos prometían erradicar en breve.

El intendente era entonces Narciso Martínez de Hoz quien, pese a la situación en curso, los informes secretos que existían y las advertencias de profesionales responsables, no tomó debida nota e incluso no suspendió las fiestas de carnaval que, de acuerdo a las crónicas del momento, terminó echando nafta a las brasas.

Cuando las muertes aumentaban día a día y los efectos superaban cualquier barrera sanitaria, las autoridades tomaron nota de que ya era tarde. Más que prevenir, ahora había que luchar contra la epidemia con lo que había a mano: pocos profesionales y mal preparados, falta de recursos, escasez de centros asistenciales...

El virus atacó al principio a todos por igual. Pero fueron los pobres que residían en los conventillos los más perjudicados con el paso de las semanas. De San Telmo, el virus se propagó como ráfaga a los barrios de Monserrat, Balvanera, San Nicolás, San Miguel y Catedral al Sud. Las familias adineradas abandonaron sus casas y la ciudad para radicarse, mayoritariamente, en la zona norte.

Para marzo, los fallecidos por día superaban el centenar. Ni los cementerios daban abasto. Se inauguró por ese motivo uno nuevo en Chacarita, hacia donde los cuerpos eran transportados en una locomotora denominada “La Porteña”.

El caos y la improvisación se combinaron con los esfuerzos denodados de muchas personas. Como en toda tragedia, afloraron las miserias y virtudes humanas. Las anécdotas abundan. Un tercio de la población huyó de la ciudad, entre el resto estuvieron los que no pudieron o no quisieron hacerlo.

La actividad social y económica se paralizó durante mucho tiempo. Dejaron de funcionar los bancos, el comercio, el puerto, las escuelas, y hasta no abrían las iglesias. El 13 de marzo se convocó en la Plaza de la Victoria (Plaza de Mayo) a los vecinos, y como consecuencia de eso se constituyó una Comisión Popular que presidió Roque José Pérez.

A pesar de los esfuerzos, el número de víctimas aumentó en abril. El día 10 fallecieron 583 personas, la cifra más elevada. Por suerte a fin de mes el panorama fue mejorando lentamente, aunque se siguieron registrando casos en mayo.

Las estimaciones más precisas calculan que la fiebre amarilla de 1871 provocó más de 14 mil muertos, el ocho por ciento de la población de Buenos Aires. La fatalidad impulsó las necesarias obras de infraestructura para dotar a la urbe en expansión de condiciones de vida más dignas. Aquellas jornadas de desesperación, dolor y muerte dejaron en evidencia a los gobernantes de turno, como el presidente Domingo Faustino Sarmiento, que el 19 de marzo se subió a un tren para irse de la ciudad, con destino a Mercedes, junto a otros 70 funcionarios. “Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado y de lo que podrá dar de sí en adelante, en el alto ejercicio que le confiaron los pueblos”, lo criticó con dureza el matutino La Prensa en su edición del 21 de marzo de 1871.

Pero también esos días tristes mostraron el valor de muchos hombres, como el doctor Muñiz, que había nacido en Monte Grande el 21 de diciembre de 1795. El paleontólogo George Gaylord escribió que había muerto como había vivido,“en peligro y valerosamente”.

Fuentes: Lorca: Historia Confidencial. Felipe Pigna
Días de Historia. Eduardo Anguita.
Revista El Federal.


El óleo de Blanes.

“Un episodio de fiebre amarilla en Buenos Aires” es el nombre del óleo que el pintor uruguayo Juan Manuel Blanes creó para reflejar el dramatismo de aquella epidemia. En la imagen, un bebé mira sin entender a su joven madre, que yace muerta en el piso; al fondo, entre sombras se ve un catre y un hombre muerto. La luz se proyecta por la puerta que da a la calle y dos hombres vestidos con ropas oscuras contemplan la escena. Uno sólo mira, el otro se lleva la mano a la cabeza. El hecho fue real y sucedió el 20 de marzo de 1871, en un conventillo de la calle Balcarce. La mujer se llamaba Ana Bristani. Los hombres eran Adolfo Argerich y Roque José Pérez. Ambos murieron a los pocos días. 

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