La defensa de las cadenas en el Paraná

obligadoLA BATALLA DE LA VUELTA DE OBLIGADO
El 20 de noviembre es el Día de la Soberanía Nacional. Se celebra en recuerdo de la resistencia de las fuerzas de la Confederación Argentina, en 1845, frente a la invasión de una flota anglo-francesa abrumadoramente superior.

“Hoy he visto lo que es un valiente. Empezó el fuego a las 9 y media y duró hasta las 5 y media de la tarde en las baterías, y continúa ahora entre el monte de Obligado el fuego de fusil (son las 11 de la noche). Mi tío ha permanecido entre los merlones de las baterías y entre las lluvias de balas y la metralla de 120 cañones enemigos.
Desmontada ya nuestra artillería, apagados completamente sus fuegos, el enemigo hizo señas de desembarcar; entonces mi tío se puso personalmente al frente de la infantería y marchaba a impedir el desembarco, cuando cayó herido por el golpe de metralla; sin embargo se disputó el terreno con honor, y se salvó toda la artillería volante.
Nuestra pérdida puede aproximarse a trescientos valientes entre muertos, heridos y contusos; la del enemigo puede decirse que es doblemente mayor; han echado al agua montones de cadáveres (...)
Esta es una batalla muy gloriosa para nuestro país. Nos hemos defendido con bizarría y heroicidad”.

El testimonio pertenece al doctor Sabino O’Donnell, a quien algunos con- sideran como el primer cronista de guerra, por éste y otros comentarios que el revisionismo histórico transformó en mito como “la Batalla de la Vuelta de Obligado”. Es justamente otro O’Donnell (Pacho), contemporáneo e historiador reconocido, quien se ocupó recientemente de esta contienda del siglo XIX que, a su entender, es una gesta patriótica en defensa de la soberanía nacional tan significativa como el cruce de Los Andes liderado por San Martín. La “Guerra del Paraná” -como dice que debe ser recordada- se desencadenó, en su opinión, principalmente por razones económicas originadas por la decisión de Juan Manuel de Rosas -entonces gobernador de Buenos Aires con atribuciones para manejar las relaciones internacionales en nombre de la Confederación Argentina- de poner trabas al libre comercio y navegación de los ríos interiores; medida que afectaba a las principales potencias de la época, Francia y Gran Bretaña. Ambas naciones buscaban por esa vía expandir sus mercados gracias al invento de los barcos de guerra a vapor que no dependían ya de los vientos para moverse en las aguas.

Lo que motivó el conflicto tuvo epicentro en la Banda Oriental (Uruguay) que estaba inmersa en una división interna entre dos caudillos, Manuel Oribe y Fructuoso Rivera. Rosas apoyó a Oribe (Federal) y Rivera, que se había apoderado del gobierno, contaba con la ayuda de Brasil. Con la colaboración del Restaurador, las fuerzas de Oribe sitiaron la ciudad de Montevideo. Gran Bretaña y Francia intermediaron -al verse afectados sus intereses comerciales en la región- e intimaron a que Rosas retirara su apoyo. Pero éste se rehusó. O’Donnell, en sintonía con otros historiadores, argumenta que incluso aquellos países europeos propiciaban que Corrientes, Entre Ríos y Misiones se independizaran formando lo que se hubiera llamado “República de la Mesopotamia”.

El 20 de noviembre de 1845 se produjo el combate, en un recodo del Paraná a la altura de San Pedro, lugar propicio para que las defensas de la Confederación pudieran hacer frente a la abrumadora superioridad enemiga. Los datos oficiales indican que la flota europea estaba compuesta por 22 barcos de guerra con cañones de última generación y 880 marinos, como parte de un cuerpo de avanzada a cuya retaguardia se le sumaban 92 buques mercantes.

Rosas encomendó la defensa a su cuñado, el general Lucio N. Mansilla quien, a falta de recursos, apeló al ingenio criollo. Hizo colocar a todo lo ancho del río una fila de barquitos sobre los cuales tendió tres hileras de cadenas gruesas, improvisando de este modo una osada malla de contención.

O’Donnell, en su libro “El águila guerrera”, dedica un capítulo al episodio y en un momento reproduce un supuesto diálogo entre Mansilla y Rosas.
- Mansilla: Resistiremos hasta el fin, señor, pero será muy difícil vencerlos.
- Rosas: ¿Difícil?...imposible. Se trata de una aventura comercial, Mansilla. Tenemos que hacerles la mayor cantidad de agujeros posibles. Para que la expedición les de pérdidas. Esa será nuestra victoria.

La resistencia, además de las cadenas, se complementaba con cuatro baterías de cañones sobre la ribera derecha del río. Y unos 2000 hombres en las trincheras, además de tropas del 2º batallón de Patricios. En el agua, para cuidar la línea de botes, estaba el bergantín Republicano -volado durante la refriega-.

Cuando los navíos invasores asomaron sus narices, se entonó el himno y luego vino la arenga de Mansilla a sus hombres: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea”.

No viene al caso ahora profundizar en los hechos. Lo cierto es que luego de unas cuantas horas, y pese a la valiente resistencia, las fuerzas extranjeras hicieron pesar su poderío y lograron quebrar la valla de cadenas, aunque con pocas pérdidas humanas y algunas importantes averías en las embarcaciones. Hubo unos 250 muertos del lado de la Confederación y casi el doble de heridos.

El logro del objetivo de quebrantar la defensa de la Confederación a la altura de San Pedro, no se proyectó en una consecuencia positiva para las reales aspiraciones de Gran Bretaña y Francia, porque en su travesía hacia el norte, los navíos agresores hallaron más dificultades que beneficios para colocar sus productos y hacer negocios. La historiografía revisionista no duda en afirmar que la invasión al Río de La Plata fue un desastre militar, político y económico para los europeos.

El bloqueo inglés se levantó en 1847 y al año siguiente hizo lo propio Francia. Desde el viejo continente, San Martín escribió a Rosas felicitándolo por su decidida defensa de la soberanía.

El 20 de noviembre es el Día de la Soberanía Nacional en recuerdo de la batalla de la Vuelta de Obligado. Desde 2010 es feriado nacional en todo el país. 


De Rosa a Rosas

José María Rosa, es uno de los historiadores que más defendió el legado del Restaurador. En su libro “Rosas, nuestro contemporáneo”, se refiere al suceso de Obligado de la siguiente manera: “El gran talento político de Rosas se revela en esta segunda guerra contra el imperialismo europeo: su labor de estadista y diplomático fue llamada genial por sus enemigos extranjeros…(…) Aunque resistir una agresión de la escuadra anglo-francesa formada por acorazados de vapor, cañones Peissar, obuses Paixhans, etc., parecía una locura, Rosas lo hizo. No pretendía con su fuerza diminuta –cañoncitos de bronce, fusiles anticuados, buques de madera- imponerse a la fuerza grande, sino presentar una resistencia para que “no se la llevasen de arriba los gringos”. Artilló la Vuelta de Obligado, y allí les dio a los anglo-franceses una bella lección de coraje criollo el 20 de noviembre de 1845. No ganó, ni pretendió ganar, ni le era posible. Simplemente enseñó –como diría San Martín- que “los argentinos no somos empanadas que sólo se comen con abrir la boca”.


El sable como legado

Cuando se enteró del ataque anglo-francés, San Martín le escribe a Rosas para ofrecerle sus servicios. La relación entre ambos, a la distancia, había sido frecuente. Ese vínculo es ambivalente de parte del militar. Por un lado, no deja de angustiarse cuando se entera de algún atropello o acto violento del Restaurador hacia alguno de sus amigos unitarios. Por el otro, a lo largo de su prolongado exilio, expresa en forma reiterada su beneplácito hacia el hombre que vino a poner orden y mano firme para acabar con la lucha intestina, con la anarquía. Lo que sí celebra sin ambiguedades es la actitud de Rosas en defensa de la soberanía. Por eso, luego de Obligado, en un apartado de su testamento hace constar que “el sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

 

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