La triste guerra de la Triple Alianza

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Compartimos una mirada sobre los motivos que desencadenaron la fatídica contienda que enfrentó a Brasil, Argentina y Uruguay por un lado, contra Paraguay, entre 1865 y 1870.

El Urquiza fue vencido -o desertó- y le dejó el camino abierto a Mitre a partir de la batalla de Pavón en 1961. De ahí en más Buenos Aires terminaría por liquidar la resistencia de las provincias del interior del país hasta ese momento amparadas por el caudillo del Litoral bajo el techo de la Confederación Argentina.

Las fuerzas de Mitre barrieron toda oposición. Pero en el escenario de ese contexto, quedaba un escollo por resolver para las aspiraciones hegemónicas del líder liberal porteño: Paraguay.

Salieron de Paraguay los hombres y mujeres que acompañaron a Juan de Garay en la segunda fundación de Buenos Aires en 1580. Y los criollos revolucionarios de 1810, una vez depuesto el virrey Cisneros, enviaron a Belgrano a Paraguay para garantizar -como en otras regiones del Virreinato- el éxito del movimiento. Pero el precario ejército de Belgrano cayó en Paraguarí y Tacuarí, y no pudo cumplir su objetivo. Sin embargo, el pueblo guaraní removió a las autoridades españolas y proclamó la independencia en 1811.

Desconociendo la autoridad tanto de España como de Buenos Aires, Paraguay fue adquiriendo -según una versión histórica- un perfil autosuficiente y autónomo, y para eso fue fundamental José Gaspar Rodríguez de Francia, que gobernó con mano dura los destinos de esa nación durante 26 años (de 1814 a 1826). Para historiadores como Milicíades Peña, las condiciones obligaron al Paraguay a imponer en adelante un orden dictatorial y proteccionista, que le permitiera progresar pese a las presiones de los países vecinos. “Paraguay -dice Peña-, gobernado por el doctor Francia, soñó con el desarrollo de un comercio paraguayo de ultramar, pero sus esfuerzos fueron quebrados por la encubierta hostilidad de Buenos Aires, contra cuya oposición nunca pudo hacer prevalecer su demanda de que se permitiera el paso de la producción paraguaya, libre de todo derecho y peaje intermediarios”, a través del Río de la Plata y sus tributarios -ríos Paraná, Uruguay y Paraguay-.

Ese gobierno fuerte y “despótico” intentó, de acuerdo con la visión de Peña -y la de una parte de la biblioteca histórica-, volcar sus políticas para entablar relaciones con Inglaterra, pero sucumbió a las trabas de Buenos Aires. Se basa para eso en la opinión de Juan Bautista Alberdi: “Paraguay quiso abrir comercio directo con Inglaterra en 1814; Buenos Aires lo estorbó. Lo intentó otra vez en 1825: lo estorbó otra vez Buenos Aires. Otro tanto pasó en 1824. Del gobierno que dio López al Paraguay es responsable Buenos Aires, como lo fue del de Francia. La semitiranía de López es una medida de defensa contra la pretensión que en 1824 renovó Buenos Aires de imponer su autoridad al Paraguay” (1). Cuando Peña habla de López, se refiere a Carlos Antonio López, que con el mismo rigor sucediera a Francia en el poder.

El historiador sostiene que aislado, el Paraguay independiente impulsó un modelo proteccionista y defensivo que puso en manos del Estado la propiedad de la tierra, principal instrumento de producción -principalmente para la elaboración de yerba mate y tabaco-. Fue, afirma en su libro “Historia del Pueblo Argentino”, una “reacción defensiva frente al monopolio portuario de buenos aires”. Para ser más claro subraya que “su actitud hacia Buenos Aires es la de las provincias argentinas que no han estado vencidas por las armas, como en Pavón. El interés de Paraguay no es menos opuesto que el de las provincias a la aspiración de Buenos Aires de monopolizar el tráfico de los países litorales interiores”.

Por encima de las palabras, posturas e ideologías, hay un dato que nadie soslaya, de un lado o del otro de la calle. Para 1860, Paraguay era un país de avanzada en muchos aspectos en comparación al resto de América del Sur.

solanoTenía astilleros, fábricas metalúrgicas, un sistema educativo sólido, ferrocarriles, telégrafos, es decir, una serie de adelantos propios de una nación progresista, bajo la tutela del Estado como único gran capitalista. Estado “despótico y unipersonal”, sin deuda pública extranjera.  

Entre 1865 y 1870 se produjo la fatídica Guerra de la Triple Alianza, que enfrentó a una coalición de Brasil, Argentina y Uruguay, contra Paraguay, en ese entonces gobernado por Francisco Solano López, hijo de Carlos Antonio.

Peña, como otros historiadores, argumenta que ese conflicto bélico -sobre el que no se hablará específicamente en este artículo-, obedeció a razones que iban más allá de las esgrimidas por los países aliados, tendientes presuntamente a acabar con un régimen “atrasado” y “despótico” a partir de una guerra “civilizadora”. De acuerdo a su visión, Paraguay era un “problema” para los intereses de la oligarquía porteña y desde el lado de Brasil, la contienda era una buena excusa para apropiarse de territorios vitales en su expansión económica.

Alberdi explica que Paraguay “evolucionaba independientemente hacia una civilización capitalista industrial” pero la Guerra de la Triple Infamia -denominada así por Peña- “vino a cortar esa evolución progresiva”.

Lamentablemente esa no fue la única consecuencia aciaga para Paraguay. El país sufrió la mutilación de su territorio y la liquidación de casi toda la población masculina.

En 1871 se desató en Buenos Aires una terrible epidemia de fiebre amarilla. Los primeros casos se detectaron en enero de ese año, y todo indica que los portadores del virus fueron los soldados que regresaron de la guerra. Murieron unos 14 mil porteños, un 8 por ciento de la población.

(1) Alberdi, Obras Completas.

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