Cuidar y acompañar siempre con la verdad

moroLA FUNCIÓN DEL MÉDICO ONCÓLOGO

Por Diego Videla

Entrevistamos al doctor Francisco Moro, especialista de amplia experiencia, quien nos brindó conceptos claros sobre el modo de abordar el tratamiento de la enfermedad en el vínculo directo con el paciente, entre otras cuestiones.

El sello estigmatizante de la enfermedad, la connotación cultural negativa que tiene el cáncer, la comunicación franca y honesta con el paciente, el acompañamiento permanente, la responsabilidad profesional ante todo, la formación clínica como base para un tratamiento sólido, el papel de la familia, la prevención y el tratamiento precoz fueron algunas de las bases que marcaron el diálogo que La Revista mantuvo con el doctor Francisco Moro, especialista en Oncología y con una vasta experiencia docente y hospitalaria.

Reproducimos aquí lo más saliente de la charla, extensa conversación que partió desde el concepto de que la patología cancerígena, para el doctor Moro, tiene una “connotación cultural muy negativa en la sociedad” y que “en el inconsciente colectivo, el diagnóstico de cáncer conlleva necesariamente dolor, padecimiento y muerte”.

LR: Esa percepción tiene sus razones?
- En el peso de la historia sí, pero no debería tenerlo en función de la realidad actual. Hoy hay muchas patologías cuyo tratamiento tiene buenas expectativas de sobrevida y cura. De todos modos va a ser muy difícil de revertir esa sensación, va a llevar tiempo y se necesitarán de resultados por sobre todas las cosas.

LR: Por qué persiste entonces?
- Porque todo el mundo tiene una historia de dolor en la familia y no se puede despegar de eso. Pero como decía antes, hoy la realidad es otra. Yo les digo siempre a los pacientes que la mitad de la gente en el mundo se muere de problemas cardíacos y sin embargo cuando uno tiene una complicación cardíaca no se va tan preocupado como cuando recibe un diagnóstico de cáncer. A pesar, repito, de que actualmente muchas patologías oncológicas tienen un excelente pronóstico.
Hay otro aspecto a señalar, que es que los tratamientos en oncología todavía son agresivos y estigmatizan al paciente. La caída de cabello de un paciente tratado con quimioterapia, no es sólo una cuestión estética, tiene otras connotaciones porque básicamente lo marca como paciente enfermo. Yo creo que la gente no termina de creer que hay muchas cosas que se pueden hacer. Cuando viene el paciente con su sobre con la biopsia, piensa que ahí está su destino y que el mismo es irreversible. Sin embargo, al ver el estudio, el médico empieza a ver que esa persona puede tener buen pronóstico y debe decírselo, sin prometer la cura, por supuesto. Es lo que el médico debe hacer en esos casos para sostener al paciente que cree que en ese sobre hay una condena de muerte.

LR: El tema de la comunicación es fundamental. Partiendo primero de la consigna de no ir detrás de la enfermedad…
- Claro, como en cualquier circunstancia, debemos siempre hacer hincapié en la prevención, sin ninguna duda. Primero llevar una vida sana. Evitar el efecto devastador del tabaco u otros tóxicos como el alcohol o las drogas. En las mujeres se sugiere prevención temprana en patología cervical femenina, la mamografía después de los cincuenta años –o una década antes si hay antecedentes familiares-. En los hombres, exámenes tempranos de próstata y de igual modo si existen antecedentes en miembros de la familia.

LR: ¿Cuáles son las claves de la comunicación que se establece con el paciente?
- Después de tantos años puedo afirmar que en la relación con el paciente lo importante no son tanto los contenidos sino el modo en que se da la interacción entre las partes. Uno como médico tiene que saber con qué paciente está tratando. Los hay negadores, escondedores, otros vienen con las palabras ya buscadas en google. Depende de la actitud que asume la persona, cómo luego uno va a encarar el vínculo.

LR: No todos son iguales en la manera de afrontar experiencias difíciles…
- Por supuesto. Hay pacientes que delegan en un familiar la responsabilidad de llevar adelante las cuestiones relativas al tratamiento y hay otros que, por el contrario, asumen la tarea de recibir información, preguntar y transitar su experiencia sin involucrar al entorno.

LR: En el primero de los casos, ¿usted interviene de algún modo?
- A mí lo que me interesa es que el paciente haga lo que tenga que hacer. Para eso tiene que tener buena información. Si un paciente es negador, pero accede al tratamiento y al control, de algún modo supera esa traba personal. Se está haciendo cargo, con sus herramientas, de su propia situación. Cuando un paciente llega a la consulta, ya viene con la presunción de que algo está pasando, algo malo, pero a veces con la secreta esperanza de que no sea cierta. Lo que yo les digo es que el diagnóstico es siempre un rompecabezas que hay que armar, en donde la biopsia es una parte importante pero no fundamental ni decisiva, porque entran en juego otros factores, los antecedentes, el estado general del paciente, el laboratorio, la radiología. En función de la aptitud con la que el paciente llega a la consulta, el médico conduce la charla. Lo primero que le aclara al paciente es que siempre le va a decir la verdad y a partir de ahí es el paciente el que regula la información a medida que esa interacción entre las partes se va dando. El médico transmite la verdad profesional sobre una enfermedad que tiene tal pronóstico y tal tratamiento. Luego es el paciente quien de manera particular interpreta su propia verdad. Lo que no puede hacer el médico es suavizar la información, porque después vienen los reproches. El médico va aproximándose a la verdad en función de los tiempos que permitan a la persona ir metabolizando la situación paulatinamente.

LR: ¿Eso se aprende en la universidad o se construye desde la experiencia profesional?
- La facultad no lo enseña, eso se adquiere en la experiencia y más que nada a partir de las enseñanzas de los maestros formadores.

LR: Desde ese lugar, el médico es más que eso, es también una especie de analista, ¿verdad?
- Por supuesto. El médico tiene que saber manejar los distintos contextos que se presentan en la consulta, de acuerdo a cada caso, cómo influye la familia y por sobre todo la actitud del enfermo. Frente a ese panorama, no tiene que perder de vista que con quien tiene que establecer el vínculo es con el enfermo. La familia acompaña. Lo importante en definitiva es que independientemente de quien asuma la responsabilidad del tratamiento, el paciente haga lo que tenga que hacer.

LR: ¿Se apoya en otros colegas?
- El trabajo interdisciplinario es absolutamente indispensable. La oncología es una especialidad de derivación, por lo tanto tener una comunicación con los demás colegas es natural.

pediatric-oncologistLR: El tratamiento del cáncer tiene, por así decir, mala prensa. ¿Cómo se balancea la complementariedad entre toxicidad y eficacia?
- Todos los profesionales tenemos un esquema en la cabeza que es el siguiente: primero la vida, luego el órgano y en tercer lugar la función del órgano. Es un balance entre costos y beneficios. Este tema se ve particularmente en forma conflictiva en los pacientes añosos. Uno siempre tiene en cuenta la edad biológica del enfermo, no la edad cronológica. Hay gente de ochenta años muy activa y gente de sesenta años que está postrada en la cama. Y en todos los casos uno tiene que preservar la calidad de vida frente al balance costo-beneficio. La Oncología es una especialidad eminentemente clínica, que maneja ciertos aspectos especiales de terapéutica.

LR: ¿Hay que ceñirse rigurosamente a los protocolos?
- Los protocolos son claros, pero uno en Oncología no siempre puede encajar a un paciente en un casillero determinado.

LR: ¿Eso parte de un criterio general o de una apreciación personal?
- Depende muchas veces de la formación que el profesional haya tenido. Muchos oncólogos venimos de la clínica médica y otros han hecho simplemente oncología. Suele haber entre ambas partes miradas diferentes. Los que venimos de la clínica médica tenemos un concepto menos rígido y tratamos de adaptar el protocolo a la realidad de cada paciente.

LR: ¿Ocurre como en otras especialidades que el paciente llega a la consulta con mucha información y por lo general errónea?
- Hay una ilusión de conocimiento. La gente piensa que está al alcance del conocimiento con un click. Entonces muchas veces viene desesperada a la consulta porque trae consigo información que no es correcta y no tiene fundamento científico, o directamente parte de patrones generales que no siempre tienen que ajustarse a la realidad particular de cada paciente.

LR: ¿Qué postura tiene respecto de la medicina alternativa?
- Cuando hice la carrera docente, teníamos una materia que era Medicina y Sociedad y tuvimos que hacer una tesina sobre medicinas alternativas. Y como en todos los órdenes de la ciencia, hay cosas serias, algunas no tanto y otras que son directamente un disparate absoluto. En lo personal yo he cambiado mi postura al respecto. Antes me enojaba cuando un paciente apelaba a medicinas alternativas, pero con el tiempo aprendí a entender que cada persona hace lo que puede con lo que tiene a mano. Por eso lo hablo con la persona y le aclaro que no es una ofensa para mí, ni tampoco me siento cuestionado en ese caso y que mucho menos se altera nuestro vínculo médico-paciente en la medida que siga confiando en mis indicaciones. En este tema lo que veo con preocupación es que la gente confíe en la medicina alternativa antes de tener un diagnóstico porque eso puede ser devastador. Si un paciente mío me plantea apelar a una determinada medicina alternativa, me informo y en función de eso veo si puede incorporarse al tratamiento.

LR: ¿Cómo se maneja el entorno familiar?
- Esta enfermedad produce, con el diagnóstico, el efecto de una bomba de estruendo en la familia, porque todos quedan aturdidos. Se instala en la familia una realidad nueva que provoca múltiples reacciones, incluso a veces inesperadas. Yo he tenido el caso, por ejemplo, de una persona enferma cuyo hermano gemelo se ofendió y dejó de saludarlo. Hay pacientes que vienen solos a la consulta, y otros que vienen con toda la familia. Hay familias que se disgregan, otras que se unen. Se produce todo tipo de actitud humana.

LR: Qué se aconseja cuando hay que tomar decisiones respecto de retomar su trabajo?
- Yo trato de proteger al paciente desde todo punto de vista. No debe trabajar si eso no favorece su tratamiento. Pero si la persona me lo pide porque considera que le hace bien ir al trabajo, entonces obviamente se lo permito si considero que no está en riesgo su salud.

LR: ¿Cómo influye el ánimo de la persona en el resultado del tratamiento?
- En función de mi experiencia yo podría decirte que la gente más positiva tiene mejores pronósticos, pero no puedo cuantificarlo. Es algo subjetivo.

LR: ¿Qué posición toma el médico frente a un cáncer terminal?
- Primero hay que definir la terminalidad y no tomar el término a la ligera. La terminalidad está definida por la falta de tratamiento etiológico y una expectativa de vida menor a los seis meses. Frente a este panorama, a veces el paciente quiere seguir intentando algo. Y la respuesta del médico sería: yo no se lo recomiendo porque pienso que le va a causar más daño que beneficio. “Pero yo quiero intentarlo”, suele responder el paciente. Entonces la respuesta sería: “bueno usted quiere intentarlo, yo no se lo recomiendo, pero voy a acompañarlo y me hago cargo”. Si el paciente me plantea esa situación y yo le digo que no, lo dejo en total orfandad. Y ser médico significa cuidar al otro, no curarlo. Entonces en ese contexto yo me cuestiono: ¿De qué mejor manera yo lo puedo cuidar mejor, haciendo lo que él me pide o haciendo lo que yo creo que hay que hacer? Sin hacer locuras, claro, lo acompaño en su decisión sin desligarme de mi responsabilidad. Por lo general, lo que sucede es que el paciente se termina de convencer de que las cosas no van.

LR: Gracias Doctor

 


Perfil del entrevistado

Francisco Moro es especialista en Oncología, tiene 63 años y es vecino de Lomas. Se recibió en la Universidad de Buenos Aires e hizo la residencia en el Hospital Posadas. Durante 30 años ejerció la docencia y desarrolló su actividad con un perfil netamente asistencial en diversos establecimientos sanitarios. Actualmente sigue ejerciendo en el Hospital Aeronáutico Central y en el Hospital San Juan de Dios de Ramos Mejía.

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