El moderado y el radical

saavedra-morenoMariano Moreno y Cornelio Saavedra son protagonistas principales en los primeros pasos de la revolución que se inicia en mayo de 1810. Encarnan personalidades y posturas diferentes que, para algunos, marcan el camino de divisiones que trazarían el rumbo en las décadas posteriores.

Los dos estudiaron en el Colegio San Carlos. Uno nació en Buenos Aires, el otro en Potosí. Fueron dos de los protagonistas centrales de los sucesos que sacudieron los cimientos de la sociedad colonial española a principios de siglo XIX. La historia los presenta como la antinomia y germen de las divisiones que aquejarían a la naciente nación argentina hasta la Constitución de 1853. Como suele suceder, lo que sabemos de ambos está teñido por intereses, ideologías y gustos personales.

Mariano Moreno nació en el seno de una familia que hoy llamaríamos de clase media; su padre era un funcionario español de segundo nivel, pero con esfuerzo pudo costear para su hijo la educación de calidad que estaba limitada a una minoría. Cornelio Saavedra estudió como aquél en el Colegio San Carlos, pero abandonó los libros para desempeñar tareas rurales. Moreno fue a nutrirse a Chuquisaca, actual territorio de Bolivia. Era profundamente católico y estudió Teología soñando con una formación eclesial. Saavedra desempeñó cargos públicos, fue ascendiendo pero en un instante de su vida se le cruzó un destino teñido de armas. Las invasiones inglesas le marcaron, como a muchos, un sendero. “El inminente peligro de la patria; el riesgo que amenazaba nuestras vidas y propiedades, y la honrosa distinción que habían hecho los hijos de Buenos Aires prefiriéndome a otros muchos paisanos suyos para jefe y comandante, me hicieron entrar en ella”, dice en sus memorias. (1)

Iba derechito Moreno a la sotana cuando se topó con una niña de 14 años, Guadalupe Cuenca, y todo cambió. Al año se casaron y pronto vino el hijo, Marianito. Moreno se recibió de Abogado y se topó con las ideas modernas de Rousseau y la doctrina que repudiaba la explotación de los pueblos originarios a manos de los conquistadores. Sus primeras actividades profesiones estuvieron dirigidas a defender a indios de la zona pero como todo asunto delicado en esa época, el joven olfateó el peligro y se llevó a su esposa e hijo de vuelta a Buenos Aires.

Era 1805. Un año más tarde vendrían los ingleses por primera vez. Saavedra fue activo partícipe de la resistencia y se hizo líder en una de las milicias principales, el Regimiento de Patricios. La biblioteca coincide en poner a Moreno en un segundo plan en esas circunstancias y en las que desembocarían en la revolución. Se sabe que al regresar, ejerció como relator de Audiencia y fue asesor del Cabildo.

Cuando se conoció la caída de la Junta de Sevilla -con el rey Fernando VII preso hace rato-, último bastión soberano de España en la península, la elite revolucionaria criolla puso marcha a fondo y pese a la resistencia, la suerte de Cisneros quedó echada.

Algunos historiadores dicen que Moreno tomó prudente distancia de los sucesos de mayo de 1810. Pero que sus ideas sobre libertad de comercio lo acercaron al grupo que fogoneaba un cambio en el status quo. Hay un escrito de su autoría que representa su pensamiento y se conoce como “La representación de los Hacendados”. Saavedra era fuerte por peso específico militar e integraba el factor de poder que terminó inclinando las acciones en favor de la revolución. Luego del famoso cabildo abierto del 22 Cisneros intentó una última maniobra y se puso al frente de la junta, pero Saavedra y Castelli, con la debida escolta, fueron a su casa el día 24 y lo apretaron literalmente para renunciar. El 25, ya sabemos, se constituyó el primer gobierno patrio, y Saavedra, fue designado presidente. Los que no lo ven con buenos ojos, afirman que la elección no se debió a determinados atributos personales del militar, sino más bien a la importancia que como fuerza significaba en ese entonces el regimiento que comandaba.

¿Por qué, una vez en funciones la Primera Junta, nombró a Moreno como Secretario de Guerra y Gobierno? Un hombre adepto a la causa pero aparentemente tan solo testigo de los hechos previos, será quien lleve adelante las tareas profundas y extremas que en lo inmediato garantizarían la suerte de la revolución. Quizás la razón esté en la personalidad radical, explosiva, sin grises del individuo considerado “jacobino” y que desde su posición no dudaba en afirmar que los enemigos de la revolución debían ser eliminados. A Moreno, por fuera de las interpretaciones históricas, no le tembló el pulso para sofocar la resistencia de Santiago de Liniers, héroe de la lucha contra los ingleses, en la ciudad de Córdoba, y menos pruritos tuvo para ordenar que lo fusilen.

Suponemos que Saavedra, prudente y mesurado, en las antípodas del pensamiento morenista, entendió que para dar los primeros pasos era necesario imponer los programas más audaces encarnados también por gente como Castelli, French y tantos otros. De lo contrario Moreno no hubiera redactado -aparentemente con ayuda de Belgrano- el famoso Plan de Operaciones de agostos de 1810. Moreno, que afirmaba abiertamente que “para conseguir el ideal revolucionario hace falta recurrir a medios radicales”, escribió un programa estratégico que instaba a sellar las acciones con “sangre y fuego”, sugiere fingir lealtad al rey cautivo, asegurar la neutralidad de Portugal y de Inglaterra, y estimular la sublevación en el sur de Brasil. Y va al hueso cuando impulsa la confiscación de bienes de españoles y que con ese dinero se financien los gastos de guerra, se creen industrias y se fomente la navegación.

Belgrano, que estaba para otros destinos, fue enviado a Paraguay. Castelli subió con sus tropas al Alto Perú. El foco realista en la Banda Oriental no fue soslayado. Los afines a Moreno dicen que su grave error fue haberse quedado solo en Buenos Aires delegando esas funciones a dos de sus aliados más valiosos. El primer tramo de esas misiones tendientes a consolidar la revolución tuvo suerte dispares. Desde Buenos Aires, Moreno comandaba todo -con la anuencia de Saavedra- y fundaba La Gazeta, el órgano oficial de la revolución y vocero de las ideas nuevas. “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes”, escribió en la primera edición, y en sucesivas entregas se dará el lujo de difundir el Contrato Social de Rousseau, eso sí, suprimiendo las partes en las que el francés se las tira contra la Iglesia al señalar, entre otras cosas, que no se confunda “la religión con el ceremonial de ella”.

CastelliCastelli era una espada filosa en el Alto Perú. Era el brazo de Moreno para empezar a realizar cambios sociales y políticos que terminasen con el sistema español al que consideraban vetusto, sectorial, atrasado, monopólico y de unos pocos. Moreno decía: “el gobierno antiguo nos había condenado a vegetar en la oscuridad y abatimiento, pero como la naturaleza nos ha criado para grandes cosas, hemos empezado a obrarlas, limpiando el terreno de tanto mandón ignorante”.

La batalla de Suipacha del 7 de noviembre de 1810 y el triunfo de las fuerzas revolucionarias permitió el control temporario en el Alto Perú. Castelli encontró el terreno para materializar los planes delegados por Moreno. En este punto parece asomar el germen de la “grieta”. Algunos ven a Saavedra en esta instancia como el hombre que representa a los sectores conservadores que ven amenazados sus privilegios y el abanderado de cambiar para no cambiar radicalmente. Los más benignos hablan de que honestamente creía que los cambios debían ser graduales y que la continuidad de los resortes tradicionales de la administración colonial tenían que ir saldando con el tiempo viejas deudas.

En este punto de la trama, los anti Saavedra lo acusan de operar, utilizando sus lazos en el interior del antiguo virreinato, para derrumbar los logros conseguidos hasta el momento por la revolución. Se lo menciona a Dean Funes como su delegado político para semejante tarea.

El 5 de diciembre ocurrió un hecho que ahonda las diferencias entre Moreno y Saavedra. En el Regimiento de Patricios se convocó a una fiesta para celebrar el éxito de Suipacha. Algunos dicen que Moreno no fue invitado, otros que fue pero el centinela que estaba en la puerta del cuartel no lo dejó pasar. Lo cierto que es al otro día Moreno se enteró de un rumor, según el cual en el medio del banquete el capitán Atanasio Duarte, algo pasado de copas, propuso un brindis “por el primer rey y emperador de América, don Cornelio Saavedra”.

Moreno, dominado por la bronca, tomó la decisión impulsiva de decretar el destierro de Duarte y luego redactó el drástico Decreto de Supresión de Honores, que apuntaba directamente a Saavedra quitándole todas las prerrogativas y privilegios heredados del virrey. El texto está cargado de balas pesadas. Saavedra lo rubricó sin responder a la provocación.

Fue el principio del fin. De allí los pasos se desencadenaron hacia la ruptura. El vaso se colmó con la controversial incorporación de diputados del interior a la Junta. Los historiadores afines a Moreno dicen que el acuerdo era que en realidad se reunieran para constituir un Congreso Constituyente que debatiera la futura Constitución. Saavedra impone su postura y se vota finalmente que los delegados pasen a integrar el gobierno constituyendo la conocida Junta Grande.

En este punto hay una discusión. Se lo acusa a Moreno de centralista porque según su opinión, las decisiones debían ser controladas solo por Buenos Aires. Sus defensores alegan que en realidad Moreno se negaba a la incorporación de los diputados del interior porque éstos comulgaban con los intereses de las autoridades españolas destituidas recientemente.

FunesLa cuestión es que Moreno quedó aislado en la puja de poderes. Dean Funes fue tajante: “Dando a los diputados una parte activa del gobierno, fue desterrado de su seno el secreto de los negocios, la celeridad de la acción y el rigor de su temperamento”. Moreno renunció. Dijo: “Considero la incorporación de los diputados en la Junta contraria a derecho y al bien del Estado”.

El 24 de diciembre de 1810 Saavedra firmó un decreto designando a Moreno representante de la Junta ante los gobiernos de Río de Janeiro y Londres para la compra de armas. Una parte dice que Moreno aceptó porque se sentía amenazado y corría riesgo su vida. Otra que el propio Moreno se lo pidió a Saavedra. En una carta a Chiclana, el militar alimentó esta teoría: “Este hombre de baja esfera, revolucionario por temperamento y helado hasta el extremo que trató de que se me prendiese y aun de que se me asesinase, me llamó aparte y me pidió por favor se lo mandase de diputado a Londres...” (2)

El 24 de enero de 1811 Moreno se embarcó en la goleta Misletoe, que lo llevaría hacia la fragata Fame, desde la cual emprendería viaje en compañía de su hermano Manuel y su amigo Tomás Guido. A los pocos días de navegación empezó a sentirse mal. Su situación empeoró diariamente. En sus memorias, Manuel cuenta que el capitán de la nave -cuyo nombre se desconoce- se negó a desviar el rumbo hacia un puerto cercano. En la fragata no había médico. Manuel narra que el capitán, sin su consentimiento, le administró al enfermo un vaso de agua con una dosis excesiva de una substancia similar al arsénico. Luego de unas terribles convulsiones Mariano Moreno muere el 24 de marzo a los 32 años pronunciando la famosa frase “Viva mi patria aunque yo perezca”. Su cadáver es arrojado al mar.

Se lo acusa a Saavedra de haber instigado el asesinato. Los que sostienen esa teoría se valen de testimonios y también de hechos, como el nombramiento de David Curtis, el 9 de febrero, para cumplir con la misma misión de compra de armas en caso de que “el señor Mariano Moreno hubiere fallecido o no se hallare en Inglaterra”.

Dicen que Saavedra, que acusaba a Moreno de ser un “maldito Robespierre”, al enterarse de la noticia exclamó: “Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”.

Por Diego Videla

(1) Vida y Memorias del Dr. Mariano Moreno (1812)
(2) Carta de Saavedra a Chiclana del 15 de enero de 1811.

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