Septiembre 2016

El desarrollo tecnológico de los últimos treinta años, no sólo ha sido y sigue siendo impresionante, sino que ha operado como un factor de cambio del comportamiento social y económico en todos los rincones del planeta.

En ese contexto, la tecnología aplicada a la medicina, se encuentra a la cabeza en términos de sustanciales avances, en cada vez menos tiempo. El conocimiento crece exponencialmente, y ello se traduce en una permanente mejora cuali y cuantitativa de la oferta tecnológica en salud, tanto en lo que hace a aparatología como a medicamentos.

El avance científico es siempre una buena noticia.

En la práctica de la medicina hace sin duda a mejores condiciones de vida, por cuanto se incorporan constantemente métodos más efectivos de diagnóstico y tratamiento, a la vez menos cruentos, más precisos, y hasta más confortables. Podría decirse en términos generales que a través de los métodos más modernos es posible vivir un poco más y sufrir un poco menos, que en definitiva son dos valores sustanciales de la práctica médica.

Sin embargo, no siempre es sencillo resolver la ecuación costo beneficio, a la hora de decidir una determinada práctica.

Hay distintas ecuaciones en las que se plantea el costo/beneficio, más allá de cuestiones económicas.

Siempre que el médico prescribe algo, implica que está evaluando el beneficio en términos diagnósticos o terapéuticos versus, por ejemplo, los riesgos de realizar tal práctica. Otras veces opta más allá de los beneficios inmediatos, por el cumplimiento de un protocolo científico, que en el futuro le permitirá un mejor perspectiva de la evolución de la patología, etc.

También se juega la ecuación en términos económicos. Nadie debería horrorizarse por ello, habida cuenta que se trate de un paciente que pague de su bolsillo o de un sistema financiador, los servicios hay que poder pagarlos y para ello hace falta una economía sustentable en el tiempo.

En ese terreno es sustancial tener en cuenta la ecuación tanto a nivel individual como colectivo. Esto es, en qué se beneficia el paciente en términos de calidad y cantidad de vida con la aplicación de determinada prescripción, y cuánto y cómo impacta ello al sistema de salud del que es parte.

Cada vez con más frecuencia asistimos a dilemas muy difíciles de resolver, sobre todo en una sociedad con alto nivel de conflictividad que se expresa en demandas judiciales, cuando no en violencia explícita contra el equipo de salud, y que en ocasiones, también influyen en las decisiones como un factor de presión más allá del criterio médico.

De allí que muchas veces nuestra conducta prescriptiva, no se corresponde con estándares utilizados en países centrales donde se respetan los criterios de la MBE. Y dónde por otra parte antes de suministrar un medicamento de última generación que en el mejor de los casos extiende uno o dos meses la sobrevida de un paciente terminal, se preguntan cuántas vacunas podrían aplicarse con ese mismo recurso.

Disquisiciones científicas, éticas, filosóficas muy difíciles de desentrañar, pero que debemos abordar sin dilaciones por la mejora de nuestro ejercicio profesional y por la sustentabilidad del sistema de salud.

Comisión Directiva
Círculo Médico Lomas de Zamora