Junio 2016

Junio 2016

El paradigma del trabajo médico tal como lo conocimos y transitó a lo largo de varias generaciones, está mutando a un ritmo exponencial.

Es cada vez más común escuchar (y ver) que los colegas más jóvenes encuadran su trabajo profesional con pautas, valores y prioridades diferentes de las que rigieron durante una larga historia el ejercicio de la medicina, y que sólo se sostienen entre los que están alcanzando ya el último tramo de su carrera.

¿Habrá sido mejor todo tiempo pasado?

Ni mejor ni peor, distinto.

No puede decirse que fuera mejor pasarse años como concurrente ad honorem en un hospital, esperando el milagro de ser rentado, frente al fenómeno actual de cuasi extinción del trabajo sin su correspondiente paga.

Por el contrario, está muy bien que apenas concluida una residencia, el médico exija incorporarse a la carrera hospitalaria con su debida remuneración. Y si no, otro será su horizonte.

Cabe preguntarse por qué antes si y ahora no.
¿Es sólo una exigencia o necesidad económica?

¿Es un atributo generacional en el que los más jóvenes tienen menos tolerancia a todo aquello que no les da inmediata satisfacción, mientras los más viejos fuimos más complacientes con las reglas de juego?

Pero el cambio no se circunscribe sólo al ámbito hospitalario.

También alcanza al desempeño en el sector privado.

La lucha sin cuartel en pos de la libre elección y el pago por acto médico, como puntales de la práctica liberal de la medicina, se fue esfumando a favor de otras fórmulas de relaciones laborales de lo más variadas, entre las que se cuentan relación de dependencia formal, contratos por hora, sueldos, honorarios vinculados a distintas fórmulas, etc.

Nuevamente, ni mejor ni peor. Ni más ni menos que una realidad que se impone, y que nos obliga a reflexionar en conjunto y actualizar permanentemente los mecanismos de defensa y mejora de calidad del trabajo médico.

Está claro que el trabajo hospitalario viene resultando cada vez menos atractivo, y da cuenta de ello la permanente dificultad para completar planteles y hasta cargos de residencias que quedan vacantes.

Es decir que ya no se trata de discutir si es ad honorem o rentado, por cuanto aún los cargos rentados son en ocasiones difíciles de cubrir.

Se trata de que el sueldo, por cierto insuficiente, no es la única remuneración que el médico espera por su trabajo.

Si antes se trabajaba gratis, no era sólo porque el trabajo de la tarde alcanzaba para darse ese lujo, sino porque la remuneración del hospital pasaba por el aprendizaje, el ámbito cordial, la presencia del maestro, el orgullo de pertenecer, y otros tantos sobresueldos que se perdieron en el estado de abandono en el que se han sumergido los hospitales públicos.

Por otra parte, en la práctica privada, aún estando en mejores condiciones económicas, también está haciendo falta replantear el trabajo médico en términos de calidad, seguridad, presencia de la mujer que tiende a ser mayoritaria, y que propone otro encuadre del trabajo que no es el del viejo médico, y sobre todo capacitación.

En definitiva, un proceso que obliga a repensar la medicina desde el terreno académico hasta el asistencial, pasando por el derecho, pero sobre todo en la dimensión humana del médico y su contexto.

En ese plano, estado e instituciones, de la mano de nuestros colegas, no tenemos permiso para mirar para otro lado, ni menos para levantar parapetos jurásicos en defensa del paraíso perdido.

No nos convoca la necesidad de volver a ser, sino la de seguir siendo, a la luz del siglo XXI.

Comisión Directiva
Círculo Médico Lomas de Zamora